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COLUMNA

Exhumación

Hasta hace poco tiempo nadie se atrevía a contradecir a un científico cuando éste aseguraba: la materia y la energía se comportan de manera predecible. Los últimos descubrimientos de la física cuántica, sin embargo, demuestran que esta sentencia puede estar equivocada: resulta que, más allá de los protones, los neutrones, los quarks y el electrón, las partículas virtuales no sólo no se comportan de forma predecible sino que aparecen y desaparecen sin que pueda establecerse en su actuar algún tipo de lógica.

Estas partículas virtuales, los trozos de universo más pequeños que los físicos han identificado y cuyo estudio requiere una máquina gigantesca: el acelerador de partículas, niegan un fragmento de realidad que ayer parecía irrefutable: tras chocar, lanzadas a una velocidad superior a los 300.000 kilómetros por segundo, se rompen y sus partes resultantes son iguales al cuerpo lanzado originalmente. Como si al estrellar un hielo contra el suelo sus pedazos fueran, otra vez, el hielo que rompimos o como si este hielo, que debía despedazarse, consiguiera perpetuarse multiplicado e idéntico a sí mismo.

Hay veces que la realidad lucha consigo misma, dicho de otro modo: la realidad anterior a los hombres se enfrenta o niega la realidad que los hombres verbalizamos para habitar el mundo gobernado por las leyes de la física y el mundo gobernado por las leyes de la imaginatio-onis. Y si el ejemplo de las partículas virtuales sirve para que la realidad de uno de estos mundos sea refutada, el de las vidas virtuales, que permaneció en secreto hasta los días en que los físicos aceptaron que las partículas fundamentales de nuestro universo aparecen y desaparecen, debería servir para que la realidad del otro mundo haga lo propio.

El 15 de octubre de 1985, cincuenta años después de su muerte, el Gobierno de Portugal desenterró a Fernando Pessoa. Seis años antes una comisión de notables ordenó que los restos del poeta se trasladaran al Monasterio de los Jerónimos, en cuyo patio central se instalaría una columna al interior de la cual reposaría el cajón mortuorio. El día señalado, sin embargo, los rostros de los asistentes a la exhumación del escritor palidecieron y sus ojos, que esperaban ver un hato de huesos y, como mucho, una maraña de tela en jirones, emergieron de sus órbitas al ver la rebelión de la realidad: el cuerpo de Fernando Pessoa, medio siglo después de haber sido enterrado y sin haber sido tratado con medio químico alguno, yacía impoluto, incluso coloreado y sonriente.

"Jamás olvidaré el sobresalto que me infundió esa visión inesperada, era como estar delante del mismo hombre que había visto varias veces en mi infancia, como tener enfrente una foto suya", declaró Antonio de Sagadaes tras la fallida exhumación: evidentemente, Pessoa no cabría en su cajón y su traslado debería ser pospuesto una semana, tiempo en el que se harían los arreglos a la columna y al cadáver los estudios que suscita un caso como éste. "Todavía hoy me asaltan cada tanto las preguntas que siguieron al abrirse ese ataúd", dijo alguna vez el escritor italiano Antonio Tabucchi, quien además de traducir la obra del autor de Mensaje escribió Los tres últimos días de Fernando Pessoa: "¿Cómo podía ser que pareciera estar sólo durmiendo?".

Contra toda lógica y ley física o imaginaria, Fernando Pessoa había logrado perpetuarse, había logrado permanecer, tras el golpe de la muerte, idéntico a sí mismo. Después del último choque que acometiera su cuerpo, el también ensayista lusitano había logrado hacer que sus pedazos: Bernardo Soares, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro, cuyos nombres yacen cincelados en la columna del monasterio de los Jerónimos, fueran idénticos a él mismo.

Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) es autor de Morirse de memoria y Arrastrar esa sombra (ambos en Sexto Piso).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2011