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COLUMNA

Los 'Di Stefano' del socialismo

Hace justo un año el presidente de la Junta anunció, nada más concluir el verano, que ya tenía candidatos a las alcaldías de las capitales andaluzas. Para dar brillo a este insólito acontecimiento, José Antonio Griñán utilizó un símil futbolístico, ya que hacía apenas unos días que la selección española se había proclamado campeona del mundo de fútbol. "Lo importante es el equipo", dijo, "ya que no había ni Messis ni Ronaldos, pero teníamos a Iniesta y a todos los demás, y ganaron porque fueron un equipo". Con esta frase, Griñán trataba de explicar la lista de convocados para las municipales: un puñado de desconocidos, sin experiencia alguna en convocatorias electorales y con todas las papeletas para estrellarse, como ocurrió unos meses después.

El PSOE andaluz ha decidido acudir a las próximas elecciones generales dejando de lado la cantera y apostando por la experiencia. En términos futbolísticos, se abandona a los Iniesta del socialismo para optar por esas delanteras míticas que los ciudadanos se saben de carrerilla: los Chaves, los Guerra y los Planas, bregados ídolos del PSOE que lo mismo sirven para tapar un hueco en la defensa, afrontar un centro del campo con garantías o colocarse en la portería para que no les cuelen más goles. Parafraseando a Griñán, lo importante sigue siendo el equipo, y como de nuevo el PSOE sigue sin tener ni a Messi ni a Ronaldo, ahora se opta por los Di Stefano del socialismo, pero con la edad que tiene ahora el legendario delantero del Real Madrid.

Todos los ídolos del fútbol tuvieron tardes gloriosas: una jugada que les asemejó a Dios, una rabona que dejó patidifuso a un contrincante, un gol por la escuadra inimaginable, un pase imposible, un toque, una gambeta, una chilena o una bicicleta... incluso una canción que los inmortalizó. Y los hinchas aplaudían, gritaban, lloraban y se felicitaban por poder decir que ellos estaban allí cuando ocurrió esa obra maestra del arte del balompié. Para algunos, sin embargo, hubo otra mala tarde donde el travesaño escupía todos los balones, donde el manejo de los pies se convertía en un laberinto imposible, donde los hinchas parecían bestias y donde todos, también la pelota y los pelotas, se mostraban esquivos ante la caída de un ídolo que no supo retirarse a tiempo.

Maradona perdió en su ocaso parte de su divinidad futbolística y hay demasiados jugadores, que fueron casi tan ídolos como él, que estarían dispuestos a renunciar a los últimos años de su carrera para alcanzar la inmortalidad. Esas últimas temporadas donde en vez de hacer malabarismo con la pelota tuvieron que realizar malabarismo para mantenerse en pie. Y donde el recuerdo de que un día fue un ídolo se le incrustó en la camiseta y le asfixió por dentro dejándole sin gambetas, sin chilenas y sin bicicletas. En definitiva, como un ídolo caído.

El problema de los ídolos en la política es muy similar al de muchos futbolistas, que insisten en seguir jugando incluso a la pata coja. Por eso llega una dichosa tarde donde se te descosen los remiendos ideológicos, donde el manejo de la oratoria se convierte en un trabalenguas, donde las ideas de antes son ahora repetidas excusas, donde el recuerdo de esas elecciones que un día ganaste frente a un imposible ya no lo recuerda nadie, y donde todos, también los tuyos, se te muestran esquivos cuando ven que los hinchas ahora jalean al equipo contrario. Puede suceder en cualquier cancha: en un mitin, en el Congreso de los Diputados, en una ejecutiva o en un paseo matutino. Ese día descubres que los que antes te buscaban ya no lo hacen, que los aduladores de antaño ya no te necesitan y que la experiencia, -lo saben, por su propia experiencia-, ya para poco sirve. En ese momento, el éxito consiste en darse cuenta de lo que puede ocurrir un minuto antes de que el equipo haga pública la alineación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de septiembre de 2011