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Crítica:

Abduciendo a Leone

Unos platillos volantes muy años cincuenta persiguen y disparan sus rayos mortíferos sobre un vaquero que replica con su revólver. Al pie de la imagen se lee: "La tan a menudo idealizada imagen de los cowboys y los aliens". Se trata de un chiste de Gary Larson, uno de los grandes heterodoxos del humor gráfico, que, con su longeva serie The far side, popularizó un estilo que se apropiaba de referentes de la cultura popular para bañarlos de surrealismo y colocarles una lacónica frase forrada de sutileza y hábil manejo del sobreentendido. La ocurrencia de Larson debió de infectar el imaginario de Scott Mitchell Rosenberg, fundador de Platinum Studios, compañía multimedia con un pie en el mercado del comic-book y las ambiciones puestas en la industria audiovisual: bajo la inspiración del chiste, Rosenberg diseñó una franquicia, Cowboys & aliens, que quería ser al mismo tiempo cinematográfica y tebeística. Finalmente, Cowboys & aliens se hizo (mediocre) historieta, pero recorrió un camino sinuoso hasta caer en Paramount y transformarse en el último blockbuster de esta abigarrada cartelera veraniega.

COWBOYS & ALIENS

Dirección: Jon Favreau.

Intérpretes: Harrison Ford, Daniel Craig, Paul Dano, Olivia Wilde, Sam Rockwell, Clancy Brown, Adam Beach.

Género: ciencia-ficción. EE UU, 2011.

Duración: 118 minutos.

Quizá por todo este pintoresco origen, el público parecía dar por sentado que esta película se iba a tomar su premisa a chirigota. El toque de gracia de Jon Favreau -actor reciclado en director sin detectable estilo, pero casi siempre excéntrica intención- ha consistido en frustrar, con ingenio, tal horizonte de expectativas. En los primeros minutos ya hay un toque de genio: si el Clint Eastwood de El jinete pálido tuvo la intuición de darle un giro sobrenatural al arquetipo leoniano del Hombre sin nombre, convirtiéndolo en un revenant, Favreau y sus deslumbrantes guionistas de la escuela Abrams replican mutando la enigmática figura en un abducido. Cowboys & aliens es como un mashup casi perfecto, que se olvida de ironías, proporciona carne a todas sus figuras -hacía tiempo que Harrison Ford no estaba tan bien- y, en sus mejores momentos -el rescate de la chica sobre el caza alienígena-, parece el sueño libidinal de un cinéfilo mutante hecho puro espectáculo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de septiembre de 2011