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Análisis:

Desprecio de acento

El empeño acentuado por Víctor García de la Concha, desde la Academia, de juntar América y España en los mismos diccionarios, tiene el valor de un noble propósito de unir la lengua común que nos separa, como decía Borges; pero a niveles prácticos estamos lejos aún de que el acento disperso del idioma reine como una obligación intelectual, y sentimental, en los medios de comunicación masivos, y singularmente en la televisión.

La televisión española no se dirige ya, ni en España ni en el mundo, a una audiencia educada en el español de Burgos o de Zaragoza; el español es un idioma que hablan cuatrocientos millones de personas, pero desde los informativos, sobre todo, se habla desde nuestro país como si la neutralidad de los acentos no fuera una obligación sino un estorbo. Así que los que hablan tienen que hacerlo con el canon central del idioma español, el español de Madrid o de sus aledaños, a pesar de que cada vez es mayor la presencia del acento hispanoamericano entre nosotros.

En programas de variedades han sido muchos los que han ocupado los micrófonos, desde los tiempos inmemoriales de Raúl Matas o de Kiko Ledgard, y todos los demás que estén ustedes recordando. Pero, en lo que respecta a los informativos, que son materia de la realidad, los televidentes están obligados a saber lo que pasa (en España, en Europa, en América, en el mundo) con un solo acento. La BBC consideró que había un acento canónico del inglés; pero para darle carta de naturaleza no neutralizó la posibilidad de que estuvieran ante los micrófonos ingleses de Oxford o de Cambridge, o de Londres, sino que adiestró a legiones de profesionales para lograr una neutralidad de acento que no imponía ni una dicción ni una música. Así aglutinó a gente de todas las procedencias anglosajonas, hablando un inglés aceptable para todos. Pero nosotros, en España, hemos tenido, en los informativos, el límite de Canarias (Cristina García Ramos, Paco Montesdeoca, Marisa Naranjo...), y pocas veces hemos visto sentados, en este país nuestro tan latinoamericano, diciéndonos qué pasa, a gente de México, de Colombia (bendito su español) o Argentina... ¿Desprecio de acento? Más bien, desdén de realidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de agosto de 2011