_
_
_
_
Reportaje:

Millones, piratería y orgullo patrio

Las empresas tecnológicas, nuevo icono del poder económico de EE UU, emplean su imponente tesorería para librar la batalla de las patentes

Ramón Muñoz

En el primer tercio del siglo XX, los estadounidenses tenían como referencia a industriales como Henry Ford, William Crapo, Louis Chevrolet o Walter Percy Chrysler. Eran los pioneros de la industria del automóvil, símbolo de la nueva potencia emergente. Los Gobiernos escuchaban atentamente sus opiniones antes de poner en marcha una legislación laboral o un plan de rescate de la economía nacional en plena Gran Depresión. Hoy, gran parte del sector automovilístico está en manos del Estado tras la quiebra de las grandes compañías como General Motors, y Detroit, otrora la sede manufacturera por excelencia y corazón del aparato productivo estadounidense. Es el símbolo de la decadencia americana, con sus fábricas abandonadas y sus edificios destartalados. Apenas nadie conoce al presidente de Chrysler o de GM, y se ven tantos coches Toyota y Honda como Chevys circulando por las calles del país.

Obama pide consejo a Page, Jobs, Zuckerberg o Ballmer
Los fabricantes tratan de blindarse con un arsenal de patentes
Las tecnológicas son máquinas de hacer caja que no precisan créditos
La próxima compra puede ser la de Nokia por parte de Google
Más información
Google va a por todas

América tiene nuevos iconos. Se llaman Larry Page, Steve Jobs, Mark Zuckerberg o Steve Ballmer. Viven en la soleada California y dirigen Google, Apple, Facebook y Microsoft, las compañías más famosas del planeta y las más valiosas. Apple acaba de convertirse esta semana en la mayor compañía estadounidense por valor bursátil, sobrepasando a la petrolera ExxonMobil.

No tienen factorías, sino incubadoras de ideas. Y sus empleados no visten monos azules y portan llaves inglesas, sino que van con zapatillas de tenis y sudaderas a la oficina, con el ratón y el portátil como únicos instrumentos de trabajo. Son a ellos a quienes consultan los candidatos en sus campañas electorales y a quienes convoca el presidente Barack Obama a sus cenáculos en busca de ideas para sacar al país de la recesión y devolver a sus ciudadanos el sueño americano.

Sus empresas son un ejemplo de eficiencia. Con costes reducidísimos, plantillas cortas y mínimo pago de impuestos gracias a una maraña societaria en paraísos fiscales, gozan de márgenes de rentabilidad por encima del 50% en casi todos los casos. Eso les convierte en una máquina de hacer dinero.

A diferencia de las tradicionales corporaciones industriales, las firmas de Internet y tecnológicas no necesitan de los bancos para su financiación porque son verdaderas cajas registradoras. Además, muchas de ellas, como Google o Apple, no pagan ni siquiera dividendos a sus accionistas. No es de extrañar que la marca de la manzana mordida acumule una tesorería de 76.000 millones de dólares o que el buscador guarde casi 40.000 millones en caja, y Microsoft, 42.000 millones. Así que inversiones como los 8.000 millones que pagó Microsoft por Skype, la empresa de llamadas por Internet, o los 12.500 millones que va a desembolsar Google por Motorola pueden ser digeridos sin mayores problemas por estos gigantes.

Su capacidad de generar dinero contante y sonante en medio de un panorama mundial de restricción general del crédito y ausencia de liquidez hace de estas compañías unas privilegiadas y protagonistas de las operaciones corporativas más importantes del momento.

Casi se da por descontado que el próximo paso será la compra por Microsoft de Nokia, valorada en unos 17.000 millones de euros. La empresa finlandesa es el paradigma de cómo, al contrario del relato mitológico, en el sector tecnológico los hijos de Saturno, apenas crecen un palmo, son capaces de devorar a su padre sin miramientos. Hace apenas unos años, Nokia reinaba en el mundo del móvil con absoluta autoridad, hasta el punto de que la mitad de los terminales que se vendían en el mundo llevaban su marca. Su interfaz era amada y reconocida por sus millones de usuarios que hoy le han vuelto la espalda por los smartphones (terminales inteligentes) como el iPhone o el Samsung Galaxy. Nokia llegó a ser la empresa con mayor valor bursátil de Europa. Y hoy se ha agarrado desesperadamente a Microsoft como última tabla de salvación para evitar la quiebra.

Android, el hijo saturnino más voraz, tiene gran parte de la culpa de ese naufragio: actualmente, el 43% de los smartphones van equipados con el sistema de Google, cuando hace un año apena representaban el 17%. Pero no es solo una amenaza para Microsoft y su socio nórdico. Ha crecido tanto que se ha convertido en un quebradero de cabeza para la todopoderosa Apple. Han buscado su punto débil y lo han encontrado: la propiedad intelectual, la otra clave, junto a la potencia financiera, para entender la batalla de las tecnológicas.

La corta vida de Android y el éxito fulgurante de su implantación han despertado las dudas sobre si Google ha sido capaz de innovar tanto en tan poco tiempo. Y esas dudas solo preceden a una catarata de demandas judiciales. La trampa es que los procesos van dirigidos contra los fabricantes que han incorporado Android a sus terminales y no contra la propia Google, puesto que, al tratarse de software libre y abierto, son los licenciatarios los que se hacen responsables de la vulneración de patentes.

Las jóvenes firmas tecnológicas son muy agresivas a la hora de defenderse de quienes intentan piratear sus programas y, a diferencia de los anquilosados dinosaurios de los medios de comunicación que han cedido sin rechistar sus contenidos para hacer grande a Google, no están dispuestas a entregar gratis sus esfuerzos de innovación.

Las demandas cruzadas por violación de patentes son el pan nuestro de cada día. Apple ha demandado a Samsung, Motorola y HTC, que a su vez han demandado a la empresa del iPad. Toshiba, Dell, Sony Ericsson, Microsoft, Oracle, LG y Kodak, entre otros muchos, están inmersos en procesos judiciales en esta guerra de patentes.

Como dijo el propio Larry Page, uno de los fundadores de Google junto a Sergey Brin, cuando justificó la compra de Motorola: "Se trata de proteger el ecosistema de Android frente a las amenazas contrarias a la competencia de Microsoft, Apple y otras compañías". Un ecosistema instalado en más de 150 millones de dispositivos de 39 fabricantes, incluyendo casi todos los grandes (Samsung, Sony Ericsson, LG, HTC, ZTE, etcétera).

Todos tratan de blindarse ante la guerra de patentes. Google ha movido ficha haciéndose con el tesoro de 17.000 patentes de Motorola. Previamente, Apple, junto a Microsoft y Oracle, se hizo con las patentes de Nortel por 4.500 millones de dólares en una subasta de cuya limpieza duda Google, que también pujaba por las licencias. Ahora que Google tiene su propia marca de móvil, los fabricantes como Samsung, HTC o LG pueden estar tentados de pasarse al enemigo y equipar sus terminales con el Windows Mobile 7 de Microsoft. Y en el camino queda por ver qué pasa con los independientes como BlackBerry (HP acaba de tirar la toalla).

"La analogía con una carrera de armamentos nucleares y la destrucción mutua asegurada es convincente", dice Ron Laurie, director de LLC Point, una firma que asesora a empresas en las compras de propiedad intelectual. "Google puede haberse convertido en una superpotencia de la patente", enfatiza en declaraciones a la agencia Bloomberg.

Como antaño las compañías automovilísticas peleaban por ofrecer el motor más potente envuelto en la carrocería más atractiva, las tecnológicas libran su batalla por lanzar equipos con el mejor diseño y el sistema operativo más eficaz. Apple, Google y Microsoft han sustituido a General Motors, Chevrolet y Ford en la imaginería de los héroes industriales americanos. Y el lema "Lo que es bueno para Ford es bueno para América" bien puede actualizarse: "Lo que es bueno para Apple y para Google es bueno para América".

Obama brinda con directivos de empresas tecnológicas durante una comida en Woodside (California), el pasado 17 de febrero.
Obama brinda con directivos de empresas tecnológicas durante una comida en Woodside (California), el pasado 17 de febrero.CASA BLANCA

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Ramón Muñoz
Es periodista de la sección de Economía, especializado en Telecomunicaciones y Transporte. Ha desarrollado su carrera en varios medios como Europa Press, El Mundo y ahora EL PAÍS. Es también autor del libro 'España, destino Tercer Mundo'.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_