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Crítica:Cine

Los cinco se indignan

"No recuerdo quién era el presidente de la República en 2009", afirma uno de los personajes de Las manos en el aire en el prólogo de la película, situado en un 2067 que parece hablar de la deseable supervivencia de quienes, en nuestro estricto presente, se indignaron ante lo intolerable. El dardo lanzado a Nicolas Sarkozy en esa frase no es lo que más ha espoleado el morbo del respetable ante esta película urgente, necesaria, compleja y rabiosamente civilizada.

Valeria Bruni Tedeschi, la cuñada del presidente, asume un papel central en este filme que cuestiona la política de inmigración promovida por el Gobierno francés que, en el año 2006, escogió la arbitraria cifra de 25.000 expulsiones de sin papeles como objetivo a alcanzar. Bruni Tedeschi es, en Las manos en el aire, Cendrine, una madre coraje no solo dispuesta a rebelarse contra el poder que demoniza al Otro, sino también empeñada en transmitir sus valores ideológicos a su sucesión generacional.

LAS MANOS EN EL AIRE

Dirección: Romain Goupil.

Intérpretes: Valeria Bruni Tedeschi, Linda Doudaeva, Romain Goupil, Hippolyte Girardot, Jules Ritmanic.

Género: drama. Francia, 2010.

Duración: 90 minutos.

El dardo lanzado a Sarkozy espoleó el morbo ante esta película necesaria

La actriz no ha querido hurgar en la herida en las entrevistas concedidas durante la promoción de la película y ha evitado pudorosamente toda declaración sangrante. No obstante, su papel, sembrado de memorables frases consigna -"Si tienes que hacerme la pregunta es que no podrás entender la respuesta", le suelta a una periodista que la interroga por haber acogido a una niña chechena amenazada de expulsión-, tiene la madera de transparente manifiesto, parece una inequívoca forma de activismo.

Las manos en el aire deja su compromiso bien claro, pero está muy lejos de ser una película ingenua y maniquea: el personaje de la Tedeschi no es presentado como una heroína indignada e irreprochable de una pieza, sino como objeto de discusión, como figura, en definitiva, problemática. Y no deja de resultar irónico que quien más cuestione la posición de Cendrine sea su marido, encarnado por el propio director, Romain Goupil, cineasta que abrió su carrera en las barricadas del 68 a sus incendiados 16 años y nunca parece haber sufrido la tentación del amansamiento ideológico.

La película responde a la pregunta más que pertinente de cómo afrontar el lenguaje del cine político en la era de los indignados.

La mayor singularidad de la cinta de Romain Goupil es su apuesta por narrar la articulación de una resistencia entre un grupo de niños: una suerte de versión politizada y multicultural de los famosos Cinco creados por Enid Blyton, que antes de aprender a reaccionar contra las deportaciones y proteger a los flancos más débiles de su pelotón ya se revelan capaces de sostener una economía sumergida basada en la piratería de películas y videojuegos. Las imágenes finales de Las manos en el aire, que otorgan sentido al título, subrayan la importancia del poder icóni-co de todo acto de resistencia -aquí, las manos arriba- y evocan ecos de pasadas infamias que han recorrido la historia de Europa. He ahí un matiz revelador: las modernas políticas sobre la inmigración no son más que la mutación preservativa de las zonas más oscuras de nuestra memoria colectiva.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de agosto de 2011