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Reportaje:Talentos

El espectador como artista

Sommerer y Mignonneau convierten al público en creador de mundos virtuales

En 1992, cuando Internet era aún incipiente, Christa Sommerer y Laurent Mignonneau fueron los primeros artistas en utilizar plantas vivas como interfaces tecnológicas. La instalación Interactive plant growing consistía en un conjunto de plantas vinculado con una pantalla a través de microsensores. La cercanía del visitante a sus hojas provocaba el crecimiento de la representación virtual de los vegetales. Eau de Jardin, una versión actualizada con imágenes 3D de aquella obra, se exhibe en el centro Arts Santa Mónica de Barcelona, hasta el 25 de septiembre, en el marco de la exposición Sistemas vivos.

La muestra reúne cinco instalaciones que plasman diez años de experimentaciones de Sommerer y Mignonneau, primero en el ICC de Tokio y luego en el Institute for Media de Linz en Austria. Es la primera vez que una propuesta del Espacio Laboratorio, la sección del ASM dedicada a las expresiones más experimentales y relacionadas con las ciencias, ocupa el puesto principal del centro, el claustro, que otorga a las obras cierto halo místico. Los artistas superan la visión reduccionista de la ciencia, en instalaciones que materializan los principios de la teoría de los sistemas vivos. "Lo que los científicos hacen de forma adusta, ellos lo hacen con afán interactivo, explorando esos sistemas", indicó Josep Perelló, comisario de la muestra junto con Irma Vilà.

Al fin y al cabo, se trata de mundos virtuales, poblados por criaturas creadas por ordenador, que nacen, viven y mueren según los parámetros internos del modelo de vida artificial y la interacción con los humanos. Es el caso de Life spacies II, un proyecto basado en el diseño evolutivo, es decir, que el artista no retrata las criaturas, sino que su aspecto y conducta dependen de su propio código genético y de la interacción con los visitantes. Estos pueden crear un organismo virtual escribiendo una palabra que se convierte en el ADN de la criatura, que crece solo si puede alimentarse de las letras que componen su ajuar cromosómico. "Para sobrevivir necesitan que los visitantes sigan tecleando", explican los artistas. Se convierten así en el demiurgo de la exposición, como en A-Volve, donde se pueden dibujar con el dedo formas tridimensionales para dar vida a criaturas acuáticas. "Cada mundo tiene sus reglas de supervivencia y apareamiento. Nada es predeterminado, todo acontece en tiempo real gracias a la interacción de los organismos entre ellos y con los visitantes", afirman los artistas.

El recorrido se cierra con Mobile feelings, que permite a dos personas percibir, a través de una interfaz en forma de huevo, informaciones particulares del cuerpo del otro. Por ejemplo, el sonido amplificado de su respiración y el de sus latidos. "Es como sujetar un corazón", aseguraba una asombrada visitante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de junio de 2011