Yemen, en el abismo
Lo que comenzó hace cuatro meses como una prolongación de las revueltas de otros países árabes en busca de libertad, amenaza en Yemen, varios cientos de muertos después, con convertirse en guerra civil. La causa fundamental de esta deriva -de gravedad multiplicada por la situación geográfica del país (tres millones de barriles de petróleo pasan diariamente frente a sus costas) y el enraizamiento en su suelo de una audaz rama de Al Qaeda- es el incumplimiento del presidente Ali Abdalá Saleh de sus promesas de abandonar el poder que ejerce despóticamente desde hace 33 años.
Yemen es un país aislado, misérrimo, roto y corrompido desde la cúspide, sostenido básicamente por Arabia Saudí y marginalmente por EE UU, que paga con 300 millones de dólares anuales la cooperación antiterrorista de Saná. Su débil tejido social está apuntalado por clanes y tribus. La más importante de ellas se ha alzado ahora contra Saleh y hecho causa común con quienes desafían en la calle la tiranía. El enfrentamiento, con armas pesadas, está causando decenas de muertos en los últimos días.
De todos los males que afligen a Yemen, el más agudo hoy es la permanencia del dictador. Saleh, abandonado por una parte de los suyos, ha traicionado hasta por tres veces su promesa de marcharse -pese a la inmunidad que le garantiza la iniciativa de los países del Golfo- y utiliza a sus soldados y pistoleros para matar a sus compatriotas. El G-8 acaba de exigirle que deje el poder. El apoyo prometido en París a las primaveras árabes debe incluir a los yemeníes que luchan por su libertad, pero si fuera necesario añadir un argumento egoísta a una cuestión elemental de dignidad, Occidente lo tiene a mano. Saleh en el poder acerca su país a la descomposición total y la guerra; vale decir a una mayor inseguridad en la puerta del primer productor petrolífero del mundo y a un caldo de cultivo insuperable para Al Qaeda.
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