Columna
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15-M: dos semanas, otro paisaje

Hace sólo dos domingos, varios miles de personas se reunieron y manifestaron por plazas y calles de distintas ciudades. Hoy, siguen movilizados ellos y muchos más. Y en medio, unas elecciones que han puesto de relieve las dificultades de seguir haciendo política de la misma manera, sobre todo para aquellos partidos que dicen querer transformar el mundo para hacerlo más justo y solidario. Quince días desde el 15-M. Los mismos problemas, los mismos impactos de un cambio de época que cambia la manera de trabajar, comunicarse o divertirse, y que modifica equilibrios de poder. Pero otro paisaje. De golpe ha aflorado algo que se había ido tejiendo en la red y que había tenido antes breves pero significativos destellos. Muchos de los jóvenes que se han movilizado estos días tuvieron su primera experiencia política contra la guerra de Irak. Algunos percibieron la fuerza que podía tener la red tras el intento de manipular el atentado del 11-M por parte del PP. Después, con acciones esporádicas vinculadas a la vivienda, a la oposición a la ley Sinde o a la defensa de Wikileaks, se fueron comprobando las potencialidades (y límites) de la movilización on-line.

No es un problema de 'casting'. Lo que está en juego es un nuevo guión en el que repensar cómo hacer una labor política

Pero, el 15-M ha cambiado de escala y de dimensión al conseguir traspasar las fronteras en las que se movían los ciberactivistas. Se ha demostrado que la intensidad del intercambio y la comunicación digital no tiene por qué ir en detrimento de la presencial. En las plazas conviven edades, procedencias, estilos y preguntas, muchas preguntas. El movimiento es un buen ejemplo del "caminar preguntando" que hace años popularizó el zapatismo. Todos los que hemos ido estos días a las plazas comprobamos su transformación en escuelas de socialización política, espacios de aprendizaje para poder articular de nuevo el vínculo entre individualización y colectividad, sobre bases muy distintas de las que caracterizaban el movimiento político propio del industrialismo; una época, una vida sobre la que se construyó la socialdemocracia o el comunismo. Frente a la escenografía del final del Novecento de Bertolucci, las gentes del 15-M experimentan en sus carnes y vidas lo que Baumann define como "sociedad líquida" o Beck como "sociedad del riesgo". Y empieza a no gustarles. Está muy bien ser cada día más autónomos, tener menos sujeciones, pero necesitamos armas colectivas sobre las que rehacer solidaridades y reciprocidades. ¿Cómo hacerlo? Muchas preguntas legítimas y pocas respuestas que no hayan sido contaminadas y deterioradas por la "política real". Hace muchos años que no oía hablar tanto de política cotidiana en familia, entre amigos, en el trabajo o en tiendas, bares o mercados. Y ello se debe al 15-M, y no al 22-M.

Las secuelas del 22-M son dolorosas para algunos, esperanzadoras para otros. Para muchos son algo ajeno, propio de los que se dedican a "la política". Mientras la gente pregunta en las plazas, las cúpulas de los partidos discuten cómo se reparten alcaldías o diputaciones, sin dejar de cuestionarse cómo responder a la nueva ola que les ha caído encima. Curiosamente, los que peor lo tienen son los que menos caso hacen al 15-M y más se apoyan en el 22-M pensando que ahí está la única legitimidad. Son los que más errores pueden cometer. Para muestra, Felip Puig y su operación limpieza. Su engreimiento, fruto de una experiencia política que ya no le funciona, le ha conducido a sobrevalorar los votos por encima de algo nuevo y distinto que él desprecia y que sólo sabe calificar como "parque temático". Los que aquí lo tienen peor, el PSC o ERC, al menos no tendrán más remedio que repensar cosas. Esperemos que no reduzcan la complejidad de sus tareas pendientes a un problema de casting, cuando lo que está en juego es un nuevo guión en el que repensar cómo hacer y desarrollar una labor política, la de los partidos, que sigue siendo necesaria; una labor que no puede hacerse de la misma manera ni con las mismas armas. Son legión los que se han iniciado en Twitter estos días. Buscan gente con la que compartir preguntas y explorar respuestas. Internet lo facilita. Los partidos han hecho nuevas webs, pero no han entendido que la política no puede ser sólo institucional. Los individuos buscan conectar sus problemas, confrontar sus dilemas, encontrar espacios comunes desde sus peripecias cotidianas. Por eso hay gente de toda edad y condición, gente que busca y que no quiere ser sólo un voto cada cuatro años.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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