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COLUMNA

¡Vota!

Cumplir años es también ir escribiendo columnas con el mismo título. Ya sé que el de hoy es tan obvio que resulta vulgar, pero lo he escogido precisamente por eso. En los tiempos que vivimos, algunas obviedades se han convertido en bienes preciosos.

Un ciudadano se levanta, desayuna, se ducha, se viste, sale a la calle y va a votar. Yo llegué a vivir domingos en los que la vulgaridad de esta simple secuencia de acciones estaba revestida por una corteza tierna y brillante que desprendía alegría, la luz de los milagros. Eran otros tiempos, me dirán, y es cierto, eran otros tiempos. Pero la diferencia principal no consiste en que entonces todos creyéramos que la papeleta que metíamos en una urna tenía el poder de cambiar las cosas, mientras que ahora cada vez lo cree menos gente. La cuestión es que, entonces, sabíamos por qué creíamos, y ahora, en cambio, no tenemos ni idea de por qué desconfiamos. Tampoco, y eso es lo más grave, quiénes son los grandes beneficiarios de la lánguida apatía que convierte cada jornada electoral europea en otra sala de un gigantesco hospital de desahuciados.

Recuerden el mundo donde hemos vivido. Compárenlo con el mundo en el que vivirán nuestros hijos. Piensen después en los mercados, en las agencias de calificación, en el entramado financiero que se ha cargado las políticas progresistas, que se está cargando el Estado de bienestar y que, cuando consiga liquidarlo, va a cargarse la democracia, y lo hará declarando que es por nuestro bien y porque es una reforma más, otra reforma inevitable, una etapa más del proceso que nos aboca a escoger entre las reformas o el Diluvio. Piensen en eso o, si lo prefieren, no piensen, pero vayan a votar. Por lo que más quieran, o por lo que más odien, voten a la izquierda. Que, al menos, sepan que seguimos estando aquí. Y que no se lo vamos a poner fácil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de mayo de 2011