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Análisis:

Calles de barrio irlandés

En Estados Unidos, la novela negra tiende a ser cuestión territorial: cuando un autor domina una ciudad o región, su olor es tan fuerte que pocos se atreven a aproximarse. Dennis Lehane tuvo suerte. Empezó a publicar cuando se eclipsaban los poderes creativos del gran George Higgins, que se había apoderado de Boston con una serie de libros marcados por sus argumentos implacables y sus prodigiosos diálogos, de autenticidad certificada por su carrera previa en la fiscalía de Massachussets y su formación como periodista.

Higgins tendía a describir el callejón sin salida de los pequeños delincuentes (y, ocasionalmente, algunos militantes de la contracultura que pasaron a la lucha armada). No manifestaba simpatía pero si comprensión ante sus escasas opciones. Lehane se fue al otro lado de la barricada: sus protagonistas tienden a situarse en primera fila de la lucha contra el crimen, como policías o detectives privados (popularizó a la pareja Patrick Kenzie y Angela Gennaro).

Con Lehane, se manifiesta el peso de la familia y el origen étnico. Los malos se muestran profundamente malos (e irredimibles). Pero pueden ser vencidos; más pesadas resultan las herencias de sangre, las vivencias compartidas en adolescencia y juventud, los compromisos derivados de nacer en un barrio específico. Que podría ser cualquier barrio estadounidense de clase trabajadora irlandesa, con familias marcadas por la herencia del catolicismo.

La amargura esencial de la cosmovisión de Lehane se hizo más evidente en los libros donde no aparecían Kenzie y Gennaro. Clint Eastwood supo ver el potencial de Mystic River, igual que haría Martin Scorsese con Shutter Island. El generoso abrazo de Hollywood (su filmografía crece) ha permitido a Lehane embarcarse en proyectos como Cualquier otro día, una ambiciosa novela histórica situada en el Boston de 1919, cuando el cuerpo de Policía -mayormente irlandés- fue a la huelga. Para explicarlo en términos televisivos, el Boardwalk Empire de Boston, con poderes en la sombra y funcionarios que no se distinguen de los villanos.

Lehane amenaza con convertirlo en una trilogía. Uno diría que ya ha cumplido sobradamente con sus antepasados. Pero él no se ha alejado tanto de las calles contemporáneas, como ha demostrado con sus aportaciones para la serie The wire. Ha superado una prueba: lo que nos cuenta en el Baltimore de David Simon no desmerece de sus agrias historias bostonianas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de mayo de 2011