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Crítica:

La contracultura del cuerpo

En una escena de Tournée, extraordinario cuarto largometraje como director del actor Mathieu Amalric, se define el new burlesque, aunque no exactamente con estas palabras, como un instrumento femenino concebido para reconquistar un imaginario erótico tradicionalmente dominado, y moldeado, por la mirada masculina. En el new burlesque, por decirlo de otro modo, el striptease no tiene tanto que ver con la lubricidad como con la identidad. En otro momento de la película, la fantástica Miranda Colclasure resuelve un gatillazo encontrando una expeditiva solución a la satisfacción de su propio placer.

En cierto sentido, se podría decir que el new burlesque supone para la tradición del convencional striptease lo que supuso el cine de John Cassavetes para la dramaturgia del Hollywood clásico: un cuerpo que construye su propio discurso frente a los cuerpos que se han sometido a las exigencias e inercias de un discurso ajeno. El cuerpo tatuado de Miranda Colclasure parece, por otra parte, el mapa que describe la ruta hacia el tesoro oculto de la serie Z: un cuerpo contracultural como contracultural -y activista, reivindicativo, político e insumiso- es el new burlesque.

TOURNÉE

Dirección: Mathieu Amalric. Intérpretes: Mathieu Amalric, Miranda Colclasure, Suzanne Ramsey, Dirty Martini, Julie Atlas Muz, Ángela de Lorenzo. Género: drama. Francia, 2010. Duración: 111 minutos.

Todas ellas estrellas reales del new burlesque que interpretan, ante la mirada transversal de la cámara, los números que ellas mismas han concebido, las actrices convocadas por Amalric en el reparto de Tournée no responden, ni por edad, ni por estética, a los parámetros de belleza consensuados en nuestro presente plástico y vaciado de contenido: en la dignidad y el esplendor de sus cuerpos está uno de los mayores efectivos de una película que, además, logra trascender el rotundo argumento que, por sí mismas, generan esas presencias.

Tournée -premio a la mejor dirección en el pasado Cannes, donde la película recibió, también, la distinción de la Fipresci- cuenta la historia -aunque aquí el verbo contar solo desvela una parte de lo que la película es- de la gira francesa del grupo de estrellas del new burlesque que comanda un exproductor televisivo caído en desgracia, encarnado por un Amalric que parece canalizar la tensión y la inestabilidad del Ben Gazzara de The Killing of a Chinese Bookie (1976). El relato coloca las claves del pasado del personaje en un espacio de ambigüedad: importa más la desorientación presente que las raíces de su exilio. París es, por un lado, la promesa incumplida, el destino que nunca llegará en esta gira que, en realidad, es la forma itinerante que alcanzará la caótica deriva del mánager antes de comprender que jamás volverá a casa. O que esa casa simbólica ya se ha hecho pedazos. Por eso, el viaje encuentra su particular oasis en un hotel vacío, perfecto escenario para frágiles renacimientos, esbozadas reconciliaciones vitales y la climática asunción de esa provisionalidad perpetua que es la condena -o el único hogar posible- de quienes prefieren la intemperie a una integración que para ellos solo puede significar algo parecido a la muerte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 13 de mayo de 2011