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Necrológica:IN MEMÓRIAM

Rosendo Canto, impulsor de la conciliación cubana

Fue candidato al Nobel de la Paz tras liberar a cientos de presos de Castro

El 6 de mayo de 1966, Rosendo Canto (La Habana, 1925) se "concilió", según sus propias palabras, con la revolución castrista. Ese día, el que fuera embajador con Fulgencio Batista volvía a pisar el suelo de La Habana tras la caída del dictador cubano. Una de las primeras visiones que tuvo de su ciudad natal fue el monumento erigido en el paseo del Malecón al Maine, el crucero norteamericano cuya voladura en 1898 en el puerto de la capital cubana provocó la guerra hispanonorteamericana. Canto observó que en el monumento no figuraba ya el águila del escudo de EE UU, con "lo que eso representa de una política voraz, arrogante y despectiva en relación a Hispanoamérica", lo que le convirtió en simpatizante de una revolución a la que en 1956, cuando se produjo, había considerado "un gran disparate". En el curso de su visita llegaría a apreciar otros avances revolucionarios, como "la erradicación del analfabetismo, la sanidad pública y, sobre todo, el rescate de la dignidad nacional". A los 86 años de edad ha fallecido en Madrid, donde residía desde marzo de 1959.

Hijo de gallego y canaria emigrantes a Cuba, cursó estudios de periodismo y diplomacia en La Habana. En 1951 el Gobierno cubano de Carlos Prío Socarrás le nombró consejero de embajada y en 1956 el de Fulgencio Batista le envío a Costa Rica como embajador: en ese momento, el diplomático de ese rango más joven del mundo.

Destinado posteriormente en China Nacionalista y Corea, el triunfo de la revolución castrista en enero de 1959 le sorprendió en Taipei: inmediatamente renunció a su cargo por incompatibilidad ideológica, pues, aunque próximo al Partido Radical -con el que años atrás había estado vinculado el propio Fidel-, Canto militaba en el humanismo cristiano, al que siempre permaneció ligado.

Instalado ya en Madrid, en 1960 fundó el primer periódico en el exilio contra el Gobierno castrista, Acción Cubana, que dirigiría durante seis años.

Más adelante sería uno de los fundadores del Movimiento por el Diálogo y la Reconciliación. Gracias a su mediación a finales de 1978 se lograría el Acuerdo de La Habana, que consiguió la liberación de muchos centenares de presos políticos y la reunificación temporal de miles de familias: unos 100.000 exiliados pudieron visitar Cuba a lo largo de 1979. Su labor mediadora le valió ser propuesto varias veces para el Premio Nobel de la Paz por universidades de España, Estados Unidos y México. También fundó la Casa de Cuba en Madrid, centro que dirigió y en torno al cual congregó a un notable sector del exilio menos radical.

En 1964, a petición del ministro de Exteriores español, Fernando Castiella, logró, en condiciones muy difíciles, junto a Miguel de la Quadra Salcedo y Luis María Ansón, liberar a 23 monjas españolas secuestradas en el antiguo Congo Belga.

Siempre se distinguió por su calurosa defensa de Cuba, de España y de la hispanidad: Cuba, afirmaba, era la más hispana de las tierras de América.

En 1948 se casó en Madrid con la abogada española Ascensión de Gregorio Sedeño, cofundadora de los movimientos asociativos de Amas de Casa y Mujeres Juristas. Le sobreviven dos hijas, Alicia y Helena.

Alicia Canto, hija de Rosendo Canto, es arqueóloga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de abril de 2011