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Columna
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1.180 cadenas

Se acaba de cumplir un año exacto del apagón analógico que nos trajo la televisión digital terrestre. La TDT ha vivido una transición técnica ejemplar. Llega a la mayoría de población y muchos ya están familiarizados con la oferta y el uso. En un balance rápido los grandes vencedores serían los canales temáticos infantiles, que han conseguido fidelizar a la audiencia que los reconoce y los frecuenta. También los canales deportivos, gratos para sus aficionados, pero poco más.

Nadie calculaba que la TDT llegara en mitad de una crisis económica tan grave. Así que las televisiones han sumado a sus recortes de presupuesto y personal la multidifusión, pero limitada a expansiones poco exigentes de los formatos habituales. Quizá la gran y humillante derrota es ver cómo los cortes para publicidad se sincronizan en todos los canales que pertenecen a la misma matriz, lo cual arroja una sensación inquietante de falta de variedad. Es algo así como una clonificación abaratada. El cambio se percibe como inútil, porque a una producción con menos presupuesto se le piden más horas.

Los niños y los aficionados al deporte persiguen la rutina relajada. Variaciones de lo mismo. No quieren sobresaltos ni inventos. El tipo que mira los partidos de fútbol no quiere que un día el árbitro salga en bicicleta o arrojen al campo un balón hexagonal. Los niños celebran que sus series favoritas les ofrezcan capítulos idénticos, de la misma manera que no les importaría comer palomitas durante toda la jornada y evitar las variantes saludables que cocinan sus papás. En cuanto a las tertulias políticas de la TDT, un tercer reino feliz, también incorporan esa previsibilidad, sin sobresaltos. Los buenos son los buenos y los malos son los malos, día tras día. De hecho, cada vez más la tele se parece a un cuadro colgado en la pared donde las figuras y la composición no varían de un rato a otro.

Las promesas de mejoras tecnológicas aún aguardan. No existe nadie en España que valore que disfruta de 1.180 cadenas de televisión por la sencilla razón de que ese dato no se transpira en la sensación de variedad. No hay mil teles, sino la misma tele repetida mil veces, que son cosas distintas.

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