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COLUMNA

Un país en solfa

Nunca me ha gustado la quietud, salvo para dormir, leer o pensar, y las tres actividades las he puesto por ese orden deliberadamente. Por lo tanto, no me gustan los países quietos, por bien que funcionen, como no gustan las parejas que no discuten, las críticas que no critican o las investigaciones que saben previamente adónde tienen que llegar. La quietud es una condición previa para el razonamiento, pero nunca el puerto de destino del razonamiento. Esto ya lo explicó Miguel de Unamuno, así que me ahorro unas cuantas líneas y a él me remito para cualquier consideración o profundización del argumento.

Lo malo de la quietud en un país es cuando se trata de algo deliberado, cuando lo inane sustituye a la energía por puro conservadurismo y además se reviste de argumentos filosóficos, ideológicos o estructurales (¡qué magnífica palabra para encubrir la realidad!). Me viene todo esto a la cabeza, así de golpe, cuando pienso en cosas tan presuntamente alejadas entre sí como la fusión de las cajas o el futuro del Guggenheim. Parece mentira, pero en un país tan pequeño como el nuestro, las cosas pueden llegar a estar tan alejadas como parecen. Aún no ha oído a nadie -quizás haya ocurrido y no me he enterado- que la fusión de las cajas vascas es mala, innecesaria, exagerada o absurda. He escuchado, sin embargo, terribles circunloquios, minuciosos debates genéricos, defensa de la territorialidad, como si el territorio fuera la nueva madre coraje de los ciudadanos, pero en pocos sitios he oído decir que en el fondo transita casi exclusivamente una defensa del estatus personal de los afectados.

Reconozco que entiendo poco o nada del sistema financiero, sean bancos, cajas o chiringuitos, pero sí lo suficiente como para entender que la cosa no va bien, por no decir que va mal. Y siempre he creído que en cualquier caso, la unión hace la fuerza, algo que se repite para vanagloriar a Japón en su respuesta al terrorífico desastre natural-nuclear, pero que dista mucho de aplicarse en la vida cotidiana de nuestro pequeño mundo. No lo neguemos, el problema de la fusión de las cajas es un problema, por humano, muy artificial; por artificial, muy político. O, al menos, es lo que parece. Todo en solfa.

Y pasas la página y te encuentras con que ahora debatimos sobre si el Museo Guggenheim debe o no desmarcarse de la matriz americana que lo parió, bien es verdad que pagando Euskadi la factura de la clínica. Y tengo la sensación de que el debate es oscuro, poco visible en la sociedad que puede quedarse muda ante el poderío de la marca americana o el del yes, we can vasco, que siempre nos excita. Atendiendo al maestro Sabina, diré con él: "Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga". No me pronuncio, pero tengo la sensación de que estamos en solfa, lo que rompe la quietud, y eso es bueno, salvo que lleguemos al estruendo, y eso es malo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de marzo de 2011