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TORMENTAS PERFECTAS

Tres preguntas sobre la revolución árabe

La primera y más inmediata cae por su propio peso y es compuesta: ¿cuándo y quién será el siguiente? Nos quedó claro que Egipto no era Túnez, ni Libia es Túnez o Egipto. Pero que eso es una oleada nadie puede discutirlo. Las tres manzanas caídas del árbol son todas distintas, pero todas tienen algo en común. Estaban maduras aunque nadie supiera verlo o como mínimo decirlo. Con tres ya es una muestra que permite enunciar la regla y ver luego si alguien más la cumple. Bahréin y Yemen están en la senda. Marruecos y Argelia solo han dado síntomas elementales. Y a nadie se le ocurre, todavía, que en los emiratos o en Arabia Saudí pueda prender.

Segunda pregunta, conectada con la primera: ¿cuándo nos afectará directamente a nosotros? En ese nosotros estamos los ciudadanos españoles, pero vale para otros. Italia ya se ha visto afectada con Libia; Francia, con Túnez; Estados Unidos, con Egipto y Bahréin. La extensión a Marruecos nos afectaría y de qué manera. Sabemos cómo han utilizado los sucesivos monarcas alauíes los múltiples resortes que nos vinculan con nuestros vecinos del sur como válvulas de descompresión cada vez que han tenido un problema interno. Arriba del todo de la lista se hallan Ceuta y Melilla; pero a continuación está el Sáhara, la inmigración, la seguridad, los marroquíes en España e, incluso, en el límite, las Canarias.

Al superponerse los problemas sin un sistema de gobernanza global, las decisiones se pudren en el tiempo

No hay que hacer alarmismo ni asustarse con la eventual proximidad de una revuelta en las puertas de casa. Pero si queremos seguir haciéndonos preguntas inquietantes, y esta es una época de preguntas inquietantes, la tercera que toca es la siguiente: ¿quién va a llenar el vacío que dejan esos regímenes mineralizados como losas funerarias? Sabemos que la naturaleza tiene horror al vacío. No se trata únicamente de evitar que estos países su hundan en el caos y restaurar el mínimo orden social para que siga funcionando la economía. Hay que mantener suministros energéticos, preservar la libertad de circulación por el canal de Suez y atender a los tratados y compromisos internacionales firmados.

Donde hay un ejército fuerte no parece suscitar dudas que serán los militares quienes lo harán, a riesgo de que se instalen definitivamente. Una segunda posibilidad es que sea el islamismo político el que quiera aprovecharse. Tentaciones no le faltarán, aunque por el momento haya optado por el camino de la discreción. Y la tercera, finalmente, es que estos países consigan poner la locomotora de sus revoluciones en los raíles de una transición democrática. Es lo que todos deseamos, desde Israel y EE UU hasta toda Europa, aunque a veces no lo parezca y se nos antoje lo más difícil. A tener en cuenta para nuestro comportamiento: si han hecho solos su revolución, necesitarán toda la ayuda, dinero y sobre todo visados de inmigración para hacer sus transiciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de febrero de 2011