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ENTRE FANTASMAS

Verde, resaca, amanecer

En el Molinón y el Emirates, de tropiezo y porrazo, el mejor equipo del mundo se pisó su propia sombra y dejó la Liga y la Champions colgadas en un perchero, donde, dicho sea de paso, otra Copa le espera como sombrero postrero. Ello propició que mi dulce Amanda, la viperina mujer invisible, augurara que el Barça moriría de amores.

En el fondo de su inescrutable transparencia, Amanda sigue siendo una irreductible romántica. La muy hija de perra insinuaba que Messi ya no era tan Messi desde que, según ella, la novia le dejara. Y que Puyol y Piqué, como Casillas en el Real Madrid, habían metido el pie, si no la pata, en las pantanosas páginas del corazón, donde, si introduces la punta de un zapato, la mierda te sube a la garganta. No di crédito a sus aviesas previsiones. Aunque Messi esté más serio y falle más ocasiones, nada me hace suponer que padezca mal de amores. Tampoco creo que una fotografía de cumpleaños convierta por arte de birlibirloque a Puyol y Piqué en un par de futuros Beckham. Ni la extemporánea patada de un Casillas fuera de sus casillas vulnera la impecable imagen ni la probada profesionalidad del portero enamorado.

La elegante retórica de este Barça no soporta la camaleónica lividez de esas camisetas

Tengo la fehaciente sospecha de que la dulce Amanda, como otros de nuestro entorno, se acuesta con Berlusconi. Y, si no fuera invisible, haría carrera en Tele 5 o en medios adyacentes. Por fortuna, la insobornable Doris no vende su tabernáculo ni retira sus nalgas de las rodillas del orondo capitán Grason, que, por cierto, no se ha mordido la lengua a la hora de declarar que al Barça le sobra talento, pero, a diferencia del Madrid, le falta genio. Ni remonta ni remata los partidos como Dios manda, sentenció entre trago y trago. Debo advertir que, cuando esto decía, no había visto todavía el Barça-Athletic, en el que sí hubo genio y remontada. Pero algo de razón tenía. Cuando al Barça le rompen el monólogo, le cuesta encontrar la réplica adecuada y se obstina en restablecer su discurso antes que en entablar el toma y daca con el contrario. "En algunas fases del juego adolece de cierto narcisismo", diagnosticó Grason, "y nos da la impresión de contemplarse con arrobo en el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves preguntándose si existe otro equipo más guapo y mejor". No dije que no. Pero ni la invisible Amanda ni el orondo capitán conocían la verdadera razón del doble tropiezo con el Arsenal y el Gijón. Yo sí.

La culpa la tuvieron esas camisetas desteñidas que salieron de no sé dónde y se pusieron no sé por qué. Abducidos por el nauseabundo verde-resaca-amanecer, los jugadores se fundieron y confundieron hasta diluirse en adormecedora armonía con el césped y acabaron como el regador regado. O el hipnotizador hipnotizado. Confieso que en los deportes, incluso en los más abruptos, como el rugby, el boxeo o la vida, siempre he sido partidario de los estilistas. He apreciado la inteligencia donde la inteligencia no es valor en curso y rara vez acaba predominando. Es decir, ganando. Sabemos que Guardiola no piensa cambiar nada aunque lo pierdan todo. Eso ha dicho. Para emular, sin duda, a su colega Mourinho, al que no le importaría quedar segundo en una Liga de dos. De acuerdo. Pero la elegante retórica de este Barça no soporta la camaleónica lividez de esas camisetas. No se trata solo de buen gusto. El verde sobre césped verde resta presencia e identidad a un equipo llamado azulgrana y acarrea, como se ha visto, consecuencias nefastas.

Que Guardiola no cambie de jugadores ni de sistema de juego, pero que cambie de camisetas antes de que un primer tiempo como el del Molinón o un último cuarto de hora como el del Emirates vuelvan a poner en evidencia que en el fútbol no funcionan las prendas de camuflaje. En este momento dan las doce y compruebo con horror que, sin darme cuenta, me he bebido la cerveza del capitán mientras este trata de hallar respuesta a la filosófica pregunta que la rubicunda Doris le ha formulado: "¿Por qué Dios no tiene un pito como el del árbitro para impedir y castigar el horror antes de que suceda?". Tras honda reflexión, el capitán contestó: "Porque Dios espera a ver la repetición de la jugada por si tiene que concederle al horror la ley de la ventaja".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de febrero de 2011