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Crítica:

En brazos de la muerte

En el año de las películas ambientadas (casi) exclusivamente en espacios reducidos, hablar de 127 horas supone inevitablemente volver a hablar de Buried (Enterrado). 127 horas: un montañero queda atrapado en un pequeño e inhóspito hueco entre rocas de Blue John Canyon, con una enorme piedra encima de uno de sus brazos, lo que le permite cierta libertad de movimientos con el otro y en sus piernas, pero en modo alguno escapar de una muerte quizá lenta pero ineludible. Recordemos Buried: un tipo se despierta enterrado en un ataúd, con la única ayuda de un mechero, un móvil y un bolígrafo. Eso sí, donde Rodrigo Cortés aporta escenario único, escrupuloso mantenimiento del punto de vista y ausencia de flashbacks, Danny Boyle se permite el lujo de un prólogo anterior al suceso (de unos 20 minutos), numerosas salidas del escenario en forma de recuerdos, sueños y alucinaciones, además de variadas aportaciones formales ajenas a la pureza de la narración. Cada uno toma su propio camino, aunque, desde luego, el de Cortés resulta más meritorio y complicado de resolver.

127 HORAS

Dirección: Danny Boyle.

Intérpretes: James Franco, Kate Mara, Amber Tamblyn, Treat Williams.

Género: aventura. EE UU, 2010.

Duración: 95 minutos.

A favor de Boyle puede decirse que el largo prólogo ayuda a conocer mejor al personaje, algo imprescindible para más tarde comprender ciertas reacciones, y que las aportaciones exteriores (a la manera de la larga secuencia del desenganche de la heroína de Trainspotting, con Renton encerrado en su habitación en pleno mono) son de una ejemplar espectacularidad, tanto en el fondo (lo que un hombre a punto de morir puede llegar a sentir), como en la forma (¡ese enervante timbrazo que simula el corte del nervio!). Como contrapartida, el truco de la secuencia del sueño es tan gratuito como innecesario, y ciertas músicas de aderezo no funcionan ni como melodía de contraste (la irónica aparición del clásico Lovely day, de Bill Withers).

Eso sí, a pesar de ciertos desajustes, cuando hay que mantener la austeridad narrativa, Boyle lo cumple, como en ese maravilloso primer minuto tras la caída, con un riguroso silencio en el que el rostro del personaje tiene en el rostro del propio espectador el espejo donde poder ver cómo una carambola semejante puede causar la mayor de las incomprensiones y un creciente agobio que muchos juzgarán imposible de sobrellevar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de febrero de 2011