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Crítica:

Miserias cruzadas

El estreno de El perquè de tot plegat (1995), película basada en el libro homónimo de Quim Monzó, supuso un importante punto de inflexión en la carrera de Ventura Pons, que, tras debutar con un valioso testimonio contracultural -Ocaña, retrat interminent (1978)-, parecía hasta entonces cómodo en un registro de comedia urbana y ligera. El cineasta ganó en ambición y sed de desafíos y compartió generosamente con su público su irreprochable paladar como consumidor cultural omnívoro, a través de arriesgadas adaptaciones de textos teatrales o narrativos o de musicales tan notables y heterodoxos como El gran Gato (2003). La celebración de los 25 años de su productora le ha llevado a retomar el talismán Monzó, con resultados desiguales.

MIL CRETINS

Dirección: Ventura Pons.

Intérpretes: Jordi Bosch, Joan Borràs, Julieta Serrano, Francesc Orella, Carme Molina, Joan Crosas.

Género: comedia. España, 2010. Duración: 90 minutos.

En pantalla, algunos relatos parecen lo que nunca fueron: una ocurrencia

Mil cretins adapta nueve cuentos de la última recopilación de Monzó, a los que se suman textos procedentes de Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury, El perquè de tot plegat y El millor dels mons. Pons no lo tenía fácil: la escritura de Monzó ha llegado a tal grado de depuración que pensar en un casting supone ya una traición inevitable. Cada uno de sus relatos es como una frágil pero precisa pieza de origami: traducirlo a imágenes es transformar el origami en aparatosa escultura de bronce. En la pantalla, algunos de los relatos parecen lo que nunca fueron: una ocurrencia, solo una idea ingeniosa.

Pons divide su película en tres partes. En la primera, diversos relatos de Monzó construyen un mapa interconectado de mezquindades, miserias, humillaciones y crueldades en sordina. La segunda -la más ingenua en las decisiones de estilo que toma el director- agrupa ese tipo de piezas donde el escritor, al desarticular situaciones arquetípicas de la tradición literaria, se acerca al Robert Coover de Zarzarrosa. La tercera lo cierra todo a través de un único relato donde las obsesiones que recorren el libro de Mil cretins -la vejez, la decadencia de los padres- se colocan en primer plano para dar forma a la pieza más rotunda de un puzle irregular.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de enero de 2011