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COLUMNA

Esos chicos

Los medios de comunicación no aprenden de sus errores. Al revés, parecen esmerarse en cometerlos la siguiente vez con más ahínco. Me recuerdan a esa frase brillante de uno de los personajes creados por ese mito del humor británico, Peter Cook: "He aprendido de mis errores y estoy seguro de que puedo repetirlos". Hace apenas unos días todos quedaban retratados por el mal trato informativo del asunto de la agresión al consejero murciano. Los medios se sumaron a la histeria impuesta por los políticos y su penoso afán por sacarle rédito a cualquier miserable incidente. La detención del primer sospechoso fue condimentada por datos particulares, evidencias infundadas, rumorología y sospecha. La típica inyección de anabolizantes que los medios le ponen a la verdad hasta engordarla artificialmente.

Con el juicio por el crimen contra Marta del Castillo ha llegado el desayuno de los campeones. Algunas cadenas abren el telediario con este caso, lo que es toda una declaración de intenciones. Como si uno entrara en las casas por la taza del váter, en lugar de por el recibidor, así quieren ellos que entremos en la actualidad del día.

En la mañana de Ana Rosa, que es una mañana rica y variada, el juicio da para debate, conexiones en directo con los juzgados y repaso a las fotos del Facebook de la muchacha y sus presuntos asesinos. Es obvio que el asunto interesa, pero la perturbación que produce quizá merecería un paso delicado hacia la discreción.

No vale que nos cebemos con esos criminales adolescentes. Que nos indignemos porque mantienen nuevas relaciones sentimentales, al parecer. Que desvelemos asuntos particulares, que sintamos una punzada de patético ridículo ante sus pretensiones, al parecer, de montar un grupo de música cuando salgan de la custodia. O porque uno de los cómplices asegure que se va a dedicar a ser modelo de ropa interior para lucir los pectorales o que haya cambiado su aspecto hasta ser un clon de Cristiano Ronaldo.

Sería mejor que nos preguntáramos, escarbando de verdad donde duele, qué sociedad fomentamos para que algunos chicos sean así, tan mentirosos compulsivos como frívolos, con esos sueños, esas aspiraciones. Puede que la mancha de sangre salpique más cerca de la pantalla de televisión de lo que nos gustaría admitir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de enero de 2011