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COLUMNA

Pinganillos y robos

En lo que se refiere al dinero, mi padre me dio en su día dos consejos: no le debas a nadie y no compres a plazos. Con este bagaje de partida, reconozco que no soy precisamente un experto en economía (ni en seguir consejos), pero me sobra para sorprenderme de la polémica sobre el pinganillogate, el presunto despilfarro de 300.000 euros para que en el Senado se puedan hablar -y lo que es tanto o más importante, oír- los otros idiomas que hay en España.

Pese a mis carencias en economía aplicada, una ojeada a la web de la Real Academia Española basta para calificar de delirio tachar de despilfarro ("gasto excesivo o innecesario") el uso de una partida ya presupuestada para ese fin. En cuanto a lo de excesivo, los 300.000 euros son una cuantía similar al sueldo anual del presidente de la SGAE, Teddy Bautista, o de la secretaria general del PP y senadora, María Dolores de Cospedal. Mi concepción de innecesario es, por ejemplo, el gasto de la Xunta de entre cuatro y ocho millones de euros para la contrarreforma del gallego en la enseñanza, sobre todo cuanto el objetivo proclamado es el mismo que antes: asegurar la competencia de los estudiantes en el idioma propio de Galicia.

Excesivo e innecesario es que Madrid gaste 500 millones en remozar la sede del Ayuntamiento

Excesivos e innecesarios son, a mi entender, acometer infraestructuras sin más función que la huida hacia delante de quien las ha prometido con el único cálculo previo de la rentabilidad electoral: desde las ampliaciones de aeropuertos con vuelos menguantes hasta la del tramo de la AP-9 (esa circunvalación de Santiago paralela al periférico ya existente), con el fin de satisfacer una improbable demanda de millones de visitantes de la Cidade da Cultura. Para no criticar sólo lo de aquí, excesivo e innecesario es la inversión publicitaria que hace la Comunidad de Madrid de un servicio, el Metro, que no tiene competencia (51 millones de euros en cuatro años, diez veces más que la del Metro barcelonés, aunque inferior a la de otra empresa pública también madrileña y sin competencia: el Canal de Isabel II). O los 500 millones que ha costado remodelar el Palacio de Correos para sede del Ayuntamiento madrileño.

Claro que esto es una opinión. Sobre el pinganillogate, Alberto Núñez Feijoo tiene otra, o más bien nos transmite otras: "No lo entienden los españoles, no lo entienden los parados ni Europa". Lo malo del paro no son sólo sus repercusiones macroeconómicas y microeconómicas. Es que es un comodín para la demagogia de quien no tiene otros argumentos (más en este caso, porque la de los 300.000 euros de marras es de las pocas decisiones políticas adoptadas últimamente que sí crea empleo: el de los intérpretes). Y en el caso de Feijóo, no deja de asombrar que mencione la palabra "parado" (sí, ya sabemos que la culpa es de ZP, pero ¿por qué ZP es mucho más eficaz en Galicia que en otras partes?). En cuanto a lo de Europa, ignoro el grado de intimidad que nuestro presidente tiene con ella, o si oye voces como Mayor Oreja, pero el ejemplo es nefasto: en la UE hay 23 idiomas oficiales. Y algunos son cooficiales con el inglés, como el gaélico y el maltés (éste lo habla tanta gente como el koruño).

Sobre si lo entienden los españoles, los mayores de cinco años deberían. Hace un lustro, la decisión hoy inentendible se tomó por unanimidad, y lo único que se hace ahora es extenderla a la presentación de mociones. "Está claro que todos aspirábamos a más. La lengua es, sin duda, la mayor y mejor creación colectiva de un pueblo, símbolo irrenunciable de la riqueza lingüística de esta España plural. No sería cohonestable con una interpretación correcta de la Constitución española el excluir del Senado a estas lenguas", dijo entonces el separatista radical y senador del PP Víctor Vázquez Portomeñe.

No sé si es peor que Feijóo piense lo que piensa o que no lo piense y lo diga para que no lo despellejen en esas tertulias madrileñas donde tanto lo aprecian. Porque ahora los temas de debate nacional no los fijan los líderes políticos sino una docena de ganapanes apostados en esas garitas. Si la clase dirigente reparase de vez en cuando en los intereses de sus representados, pondrían el foco en el robo que se está gestando. El de unos 50.000 millones de euros, más o menos (disculpen que sea así de impreciso, la culpa es de mi padre) de los ahorros de todos los gallegos.

Al igual que se impusieron las mamparas en los bares para luego prohibir fumar de raíz, la gesta de la fusión de las cajas ha sido un esfuerzo excesivo e innecesario. Allá van las declaraciones altisonantes, las manifestaciones multitudinarias, los recursos a las más altas instituciones. Yo eso creo que no lo entienden en Europa (en Basilea III, el sistema bancario se impuso tener un mínimo del capital básico del 7% en 2019, aquí un 8% antes de septiembre) y no sé si los españoles, pero los gallegos desde luego que no. "La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa", advertía Einstein. Muévanse. Hagan algo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de enero de 2011