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Crítica:TEATRO MUSICAL

Revista de una vida

Hacen falta más espectáculos que, como este, recuperen y pongan en valor el ingente patrimonio teatral musical español. En Amadeu, Albert Boadella pasa revista a la vida y la obra de Amadeo Vives (1871-1932), compositor catalán que hizo el grueso de su carrera en Madrid, donde fue referente de la generación sucesora de Fernández Caballero, Chueca y Chapí. Igual que el libretista de La Gran Vía, Felipe Pérez y González, enlaza números musicales sin trabazón argumental, con el simple recurso de subir a escena a dos personajes que los comentan, Boadella nos ofrece una panorámica de Vives a través de un diálogo fuera del tiempo entre él y un periodista actual en trance de escribir un reportaje biográfico.

AMADEU

Dirección y dramaturgia: Albert Boadella. Dirección musical: Miguel Roa y Manuel Coves. Escenografía: Ricardo Sánchez-Cuerda. Coreografía: Ramón Oller. Teatros del Canal. Hasta el 13 de febrero.

El espectáculo engancha tras un comienzo poco prometedor

Dirigido por Boadella, el tenor Antoni Comas hace una caricatura tierna y un punto grotesca, muy al joglariano estilo, del compositor, quien, a causa de una poliomielitis, cojeaba sensiblemente y tenía el brazo derecho inútil, lo que no le impedía tocar el piano con extraña habilidad. Comas, al teclado, interpreta sus partituras de memoria y las canta cuando procede. Es un todoterreno admirable. Si este espectáculo acaba enganchando tras un comienzo teatralmente poco prometedor es por la habilidad con que Boadella engarza números musicales de variada procedencia, por la manera en que los mueven él y el coreógrafo Ramon Oller y por la frescura con que responden los cantantes y un coro joven, con alma de cuerpo de baile (se mueve bien y suena mejor), al que Oller y el director Félix Redondo saben sacarle un partido extraordinario. Lo fundamental es la excelente impresión resumida que el espectador saca de la extensión, colorido e intensidad melódica de la obra de Vives: tocó todos los palos líricos con gracia, desde el belcantismo a la opereta, e imprimió a lo popular español un refinamiento propio de la música sinfónica europea. Otra cosa es el discurso autorreferencial, políticamente esquemático, que Boadella, intentando establecer paralelismos traídos por los pelos entre su trayectoria profesional y la de Vives, se empeña en transmitirnos en esos diálogos entre el compositor y un periodista simplón al que Raúl Fernández, su intérprete, saca todo el jugo posible.

Quizá sea mucho pedir que los diálogos estén a la altura de las escenas que Boadella monta a sus cantantes, excelentemente resueltas, cuyo mejor ejemplo es ese dúo de Doña Francisquita donde Vives, interpretado por Comas, se cuela como galante demiurgo cojuelo. La luz de Rafael Mojas, el sencillo espacio escénico de Ricardo Sánchez Cuerda y el vestuario ecléctico de Rafael Garrigós contribuyeron al éxito en un estreno donde, con sentido de la justicia, compartieron escena los dos repartos. La orquesta, dirigida por Miguel Roa, sobre las tablas, sonó bien en posición tan comprometida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de enero de 2011