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Reportaje:

A nosotros nos 'casa' un actor

Cada vez más parejas celebran bodas ficticias 'oficiadas' por intérpretes - Antes o después de la ceremonia contraen legalmente matrimonio

Imposta la voz. Y se dirige a los invitados: "Por favor... apagamos los móviles, vamos tomando asiento y dejamos el pasillo central libre para que los novios puedan acceder con comodidad". Ignacio Sánchez es un actor aficionado que oficia bodas. En realidad, son más bien ceremonias idénticas a bodas pero en las que realmente no se celebra un matrimonio legal. El oficiante no es alcalde, concejal ni juez de paz sino un actor (o una actriz) interpretando un papel. Algo que a veces saben todos los presentes, a veces solo los íntimos y a veces únicamente los novios. Un show que a menudo empieza con la música de la película Gladiator, la preferida de los novios para hacer su entrada solemne, asegura el oficiante.

Empresas especializadas organizan enlaces personalizados

Los rituales estrambóticos son fruto de la "sociedad del espectáculo"

Es un fenómeno creciente, ligado a la proliferación de las llamadas "bodas personalizadas" que se suelen celebrar en fincas donde una pareja puede hacer que se casa en un jardín un sábado a la caída de la tarde. Un momento que suele resultar inoportuno a muchos concejales.

Sánchez cuenta que, de todos modos, lo esencial no falta nunca: lectura de los artículos 66, ("el marido y la mujer son iguales en derechos y deberes"), el 67 y el 68 del Código Civil, el intercambio de los anillos y el beso, "momento apoteósico donde los haya". Él marca la pauta. "Estar ahí me parece un privilegio. Debes acrecentar la fiesta sin robar protagonismo", afirma este publicista -así se gana la vida- que "desde el cole era muy teatrero".

Susana Serrano, 31 años, y Nicolás Almagro, 34, se casaron el viernes pasado por lo civil ante una juez en Córdoba en compañía de los imprescindibles testigos y de su bebé. "Hoy he ido solo a firmar", aseguraba ella horas después. El día realmente importante para ellos fue hace tres meses, el 16 de octubre. Entonces celebraron su boda: ella de largo, de verde, él de traje sin corbata, ante 100 invitados y, como manda la tradición, en el lugar que la novia eligió: la casa de campo de sus padres en Trassiera, a las afueras de Córdoba.

"No queríamos una boda por la Iglesia, sino juntarnos y celebrar con la familia más cercana el bautizo y nuestra unión". El bebé de ambos fue bautizado horas antes en la iglesia local. Ella no era partidaria, pero su ya marido ganó esa batalla. Aquel sábado de octubre, Loreto S, actriz profesional le pregunto "Susana, ¿quieres a Nico como esposo?" ante las dos madrinas y el resto de los allegados.

Loreto S. entró en este negocio por casualidad hace cinco años. "El concejal dejó tirada a una pareja dos semanas antes [de la boda] con el banquete, los trajes... todo organizado. Y me pidieron que me hiciera pasar por una concejala. Solo lo sabían los novios y los padrinos". Ahora hasta tiene una empresa, Actoswing. La boda personalizada lo abarca prácticamente todo: un trío de jazz, un mago que hace aparecer una paloma que trae las alianzas ("una pareja con un amigo cetrero lo hizo con un águila", recuerda Sánchez), una boda rociera o inspirada en La guerra de las galaxias. Los clientes tienen la palabra.

Al margen de excentricidades, las parejas suelen buscar eludir la frialdad y las prisas de muchas ceremonias oficiales sin pisar un templo católico. El catedrático de sociología de la Universidad Complutense de Madrid Alfonso Pérez Agote, que desconocía este fenómeno, lo enmarca en la llamada sociedad del espectáculo. "Los rituales van perdiendo su sentido objetivo y la apariencia es mucho más importante".

Bodas a la medida. Los actores se sientan con la pareja y diseñan la ceremonia mano a mano. "Yo les cuento mi repertorio y los novios eligen el tono, el ambiente, los poemas, si la quieren seria o divertida", explica Xavier Calderer, 50 años, que fue miembro de la compañía de teatro Dagoll Dagom y hoy es lo que en su mundillo denominan un mercenario: "Vamos adonde nos pagan más". Debe ser de los más veteranos porque debutó como juez de paz de pega en 1995. El de oficiante es uno más de sus personajes. Lo tiene en versión míster Bean, chistoso, borrachín.... Los encarna enfundado en un sobrio traje oscuro, con corbata y cartera negra de la que saca una hoja pergamino conmemorativa.

Ninguno de estos oficiantes vive solo de las pseudobodas. Con cada una se embolsan en torno a 200 euros (los novios quizá paguen más por los intermediarios: el local, la empresa que organiza el evento o ambos). Ofician una veintena al año. Ahora es temporada baja (hace frío y los días son cortos) pero pronto les empezarán a llamar para primavera.

Los momentos entrañables son frecuentes. Y recordados. Como aquel abuelete que al concluir la ceremonia se acercó orgulloso a Sánchez, el actor: "Tan joven y mira: ¡Ya te has sacado la plaza de juez!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2011