Desconcierto en el purgatorio
El papa Benedicto XVI explicó en su última audiencia de los miércoles, ante 9.000 personas, que el purgatorio no es un lugar físico sino "un fuego interior que purifica el alma del pecado". El domingo, durante una ceremonia en la Capilla Sixtina en que bautizó a 21 neonatos, se había ocupado de otro asunto que debe quitarle el sueño: la moda de los nombres exóticos. Benedicto XVI recomendó volver a los nombres del santoral cristiano y abstenerse de cualquier ligereza: ni frutas (manzana, melocotón), ni marcas (como Chanel, el nombre que le ha puesto a su hija una conocida periodista televisiva), ni nada parecido.
Los graves casos de pederastia, la caída de vocaciones y de influencia, las amenazas y ataques que los cristianos padecen en distintos países donde el islam es mayoritario, la cerrazón doctrinal a la hora de combatir el sida y, de manera general, su falta de adecuación a un mundo que cambia rápidamente están alejando a la Iglesia católica de sus fieles y de cuantos potencialmente podrían llegar a serlo.
Frente a ese estado de cosas, Benedicto XVI ha decidido volver a las esencias. ¿Qué es lo que de verdad ha dado que hablar a lo largo de la historia? El cielo y el infierno, la salvación y la condena. El pecado, la culpa, el castigo. Dentro del repertorio posible de destinos tras la muerte para los que no se habían portado bien o no cumplieron con los requisitos mínimos, el limbo y el purgatorio funcionaban en la Iglesia como comodines. Se habían apartado del discurso oficial porque resultaban muy poco creíbles en una época donde la ciencia se ha impuesto frente a las supersticiones. Benedicto XVI ha rehabilitado el purgatorio, ese lugar al que iban los pecadores que no merecían el castigo eterno. El fuego era el mismo que el del infierno, pero tenía fin.
Juan Pablo II sostuvo en 1999 que ni el cielo ni el infierno eran lugares físicos sino más bien estados espirituales. Por lo menos era una manera de adaptarse a la atmósfera descreída de nuestro tiempo. Benedicto XVI prefiere, en cambio, alejarse aún más. Ahora se ha metido en el lío del purgatorio y ha exigido para los suyos nombres del santoral. Le ha faltado pronunciarse sobre la incógnita que mayores inquietudes genera: y el limbo, ¿qué pasa con el limbo?
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