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Crítica:

Ya está aquí el 'cigarrón'

Éramos pocos y parió la abuela. Así, a lo tonto, por si era poco el botellón, nos ha llegado el cigarrón, que consiste en un conciliábulo de fumadores a la puerta de los bares para fumar de forma legal. Lo que pasa es que esos conciliábulos llegan a molestar a los vecinos, sobre todo a ciertas horas. Este pequeño detalle puede dar al traste con esa costumbre malsana. En los bares ya no se fuma por las consecuencias que eso puede traer para los hosteleros y para los propios adictos a la nicotina. Pero es evidente que ahora se fuma mucho más por la calle. A la calle le da lo mismo, porque eso no es nada comparado con la mierda que sueltan a todas horas los motores diésel.

Algunos ciudadanos ya no van a los bares, no por la prohibición sino porque en esos lugares la gente no habla de otra cosa. Y eso es en estos momentos el coñazo mayor que sufrimos la maldita cantinela, que siempre es la misma. Y tienes que aguantar conversaciones cansinas que no aportan absolutamente nada al tema que nos ocupa. Incluso hay individuos que apelan al patriotismo para masacrar a la ministra. Numerosos fumadores razonables se niegan a entrar en el tema, porque es absurdo apuntarse a guerras perdidas de antemano.

Y como hay listos para todo, ya existen en algunas discotecas de Madrid ciudadanos que pretenden salir del paro apuntándose a una nueva profesión, la de guardacopas, que consiste en vigilar las bebidas de los que salen a la calle a satisfacer su vicio. Lo mismo que los guardacoches. No hay mal que por bien no venga.

Algo hay bueno en todo este asunto: se están incrementando las nuevas amistades, porque los ciudadanos que están a la puerta de los locales inician nuevas relaciones con personas a las que no conocen de nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de enero de 2011