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COLUMNA

Un viaje de seducción por Europa

El viceprimer ministro chino, Li Keqiang, un nombre desconocido para el gran público hasta esta semana, está de gira por Europa. Empezó en España, siguió luego en Alemania y ahora está en el Reino Unido, siguiendo en todos los países una pauta similar: entrevistas políticas a máximo nivel, reuniones con empresarios y firma de jugosas inversiones y acuerdos comerciales. El señor Li, que se está preparando para convertirse en primer ministro y número dos del régimen a principios de 2013, es ahora el número siete en el comité permanente del Buró Político del Comité Central, un órgano en el que están los nueve hombres que dirigen el país.

Hace cosa de un año hizo ya una primera aparición exitosa como líder in péctore de la quinta generación después de Mao en el Foro de Davos. Pero esta vez llega con una agenda más apretada y objetivos mejor dibujados. China quiere aprovechar su papel de superpotencia económica imprescindible para ensanchar los espacios políticos en sus relaciones internacionales. El señor Li está, por tanto, en pleno viaje de seducción, para darse a conocer a sí mismo a los líderes europeos y mejorar la posición de su país en la escena internacional.

Las relaciones con China ya no forman parte de la política exterior, son parte de la política interior e incluso de la catalana

Desde Europa nos cuesta orientarnos en el nuevo mapa geopolítico. Con la Unión Europea no hace falta el divide et impera: los propios europeos sumisamente nos dividimos, establecemos nuestras relaciones bilaterales con los grandes y nos ofrecemos bien trinchados y desmenuzados a las apetencias sea de Washington, de Pekín o de Moscú.

Muchos de los conceptos clásicos de la política exterior se basaban en unas estructuras que ya no existen. Las relaciones con un país como China ya no forman parte de nuestra política exterior, sino que se entrelazan con nuestra política presupuestaria, nuestras estrategias comerciales y de promoción empresarial, e incluso tienen que ver con nuestras políticas de empleo o educativa. No son optativas. Y en nuestro caso, son todo política interior. Local, si se quiere. Hay pocas cosas en la política exterior española más importantes para la política interior catalana que las relaciones con China. Sabrá ya el presidente Mas que ayer domingo el señor Li estuvo en Edimburgo con el primer ministro escocés, Alex Salmon, con quien firmó un acuerdo sobre energías renovables.

La dificultad es enorme, es verdad. Que nuestro banquero, que no hemos escogido pero al que debemos tratar con educación y deferencia, no pueda pasar el examen elemental en derechos humanos es todo un problema. Que no se resuelve con malos sarcasmos y latiguillos. Todos debiéramos apoyar al disidente encarcelado Liu Xiaobo, claro que sí. Pero China no es una nueva Unión Soviética. Al contrario de otros regímenes comunistas, vivos y muertos, no limita del mismo modo la salida de sus ciudadanos como turistas, al contrario. Cuando Trinidad Jiménez auguró un millón de turistas chinos en España para 2020, Li Keqiang le dijo: "¿Y por qué no dos millones?".

Los empresarios y políticos que el señor Li ha visto le han pedido lo mismo: más facilidades para invertir, mayores garantías jurídicas sobre todo para la propiedad intelectual e igualdad de trato entre las empresas chinas y las extranjeras. No tiene que ver directamente con Liu Xiaobo, pero sí con el Estado de derecho, la democracia y las libertades civiles. La gran muralla que todavía no ha caído a pesar del deslumbrante éxito chino es el establecimiento de un régimen de garantías jurídicas para las inversiones y para las empresas similar al que tienen los países occidentales. Es la muralla de la libertad.

Li Keqiang ha pedido en su viaje que la UE reconozca a China como economía de mercado. Sería fantástico. Pero todavía no es el caso. Y tardará, muchísimo quizás. El problema de la libertad es exactamente el inverso del que nos solemos plantear: mientras China no la alcance, debemos procurar que nuestros países no depongan su mirada crítica e ilustrada ni adopten el modelo autoritario que tanto éxito tiene allí. Esto sí sería una derrota imperdonable. ¿Sería? No. Ya se está produciendo. En Italia. En Hungría. En la demanda populista creciente. De China hay que saber tomar lo bueno, lo mejor, que es mucho. Y ayudarles a cambiar lo otro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de enero de 2011