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Entrevista:NAOMI RAGEN | Activista contra los autobuses segregados por sexos

"Son talibanes. Atemorizan a la mujer en nombre de la religión"

El día que Naomi Ragen se subió a un autobús en Jerusalén hace seis años no sospechaba que iba a ser el inicio de un largo proceso judicial que culminaría el jueves con una sentencia del Tribunal Supremo. Tampoco pensaba que tras aquella excursión se la conocería como la Rosa Parks israelí, en alusión a la mujer que propició el principio del fin de la segregación racial en Estados Unidos.

El Supremo no ilegaliza los autobuses públicos en los que las mujeres se sientan en la parte trasera, mientras que los hombres lo hacen delante. Pero sí obliga a los conductores y autoridades a respetar a aquellas mujeres que decidan sentarse donde les plazca en los vehículos. Y ordena, además, instalar carteles en los que quede claro que la segregación por sexos no es obligatoria.

La escritora se negó a cambiar de sitio en un autobús y llevó el caso al Supremo

En Israel, hay más de medio centenar de líneas de transporte público segregadas por sexo, y conocidas como mehadrín. La población haredi -judíos ultraortodoxos- son los principales usuarios de este transporte, en el que se trata de evitar el mínimo contacto entre hombres y mujeres.

Todo empezó el día en que Ragen, novelista, judía ortodoxa, se subió en el autobús número 40 en un barrio ultraortodoxo de Jerusalén. Estaba vacío y se sentó en la parte delantera. En la siguiente parada, entró un hombre, que al verla, le pidió que se trasladara a la parte trasera. "Yo le dije que me sentaba donde quería", recuerda ahora en una cafetería de Jerusalén. Al poco rato, se subió un hombre grueso -calcula que unos 130 kilos- y que por edad podría haber sido su hijo. "Era un hombre sudoroso y se me abalanzó. Me gritaba y me decía que quién me creía que era para sentarme allí. Amenazó con llamar a la policía. Me insultaba explicando a los pasajeros que subían que yo no era una buena judía".

Dice Ragen, de 61 años, que sintió que no había marcha atrás, que si se levantaba significaría la rendición. "Así que le miré a los ojos y le dije que, si me traía un código de leyes judías que dijera que las mujeres deben sentarse detrás, me movería. Que si no, por favor, se apartara".

Ragen hervía por dentro y cuando se bajó del autobús puso una reclamación en la compañía de transportes que cayó en saco roto. Escribió un artículo en la prensa y ahí quedó la cosa. Hasta que dos años más tarde, las abogadas del centro israelí para la acción religiosa decidieron llevar a los tribunales su caso y el de otras cuatro mujeres religiosas que habían sufrido agresiones en autobuses. "Son como los talibán. Son unos pocos fanáticos que atemorizan a las mujeres en nombre de la religión", dice Ragen, autora de varios libros sobre la comunidad haredi.

La creciente segregación por sexos en los ambientes religiosos israelíes -tiendas, funerales, centros de salud, oficinas- es algo relativamente nuevo, explica Ragen. Esta judía observante cree que estas restricciones "no tienen nada que ver con la religión". Atribuye la renovada contundencia de los grupos más fanáticos a la lucha por el poder político y económico y al fuerte crecimiento demográfico de los haredim, que tienen siete hijos de media. "Los fanáticos son ahora los líderes. Radicalizan su discurso para acumular más poder", sostiene.

La indignación de Ragen es aún mayor si cabe entre la mayoría de los israelíes, menos observantes, frente al 11% que suman los haredim. Un sistema electoral que favorece la ascensión al poder de partidos pequeños convierte a las formaciones ultrareligiosas en imprescindibles a la hora de formar Gobierno. "Esto va a estallar algún día", vaticina Ragen.

En cuanto a la sentencia, la activista reconoce que es un éxito solo a medias. Que en parte se han cumplido sus expectativas porque en realidad ellas nunca pidieron la abolición de los autobuses segregados, porque quisieron ser tolerantes y respetar a los que quieran viajar separados. Pero también reconoce que va a ser muy difícil que las mujeres puedan decidir libremente dónde sentarse. Para contribuir al cambio, las activistas pondrán en marcha una línea de atención telefónica para las agredidas. Y pronto empezarán a realizar inspecciones sorpresa viajando en los autobuses. Eso sí, sentadas en los asientos delanteros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de enero de 2011