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CARTAS AL DIRECTOR

Wikileaks y los mandarines

Hace días el mundo se ha conmocionado. Wikileaks revela una serie de informaciones que dinamitan la trama informativa en la que vivimos. Inicialmente me deja perplejo contemplar cómo las altas instancias gubernamentales viven en un nivel de realidad en el que todo importa menos la verdad, la justicia y la transparencia. Después me pregunto qué es lo que hemos hecho mal, como colectividad de personas, para tolerar este tipo de comportamientos. Sin embargo, debería darme cuenta de que los que detentan el poder han sufrido una mutación en sus mentes. Quiero decir, han dejado de pensar como todos nosotros, como las personas que viven y sufren, como los trabajadores que se levantan de sol a sol para propiciar pan a sus familias o como la familia Couso.

Ellos, los que manejan el aparato del poder, están fuera de nuestras redes cívicas: se han situado en un parnaso donde el control está fuera de la vista pública, aparte del buen flujo que una comunidad genera. Viven enajenados en lo que podríamos llamar El Poder. Son, de hecho, El Poder. Sus mentes se han acostumbrado tanto a eso que ya no distinguen entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal. Son solo sombras de lo que eran antes de empezar su gira en la ascendente carrera política.

Es obvio ver aquí una distinción fundamental: por un lado, la gente común, los que vivimos en la calle y convivimos entre nosotros, la base de la sociedad (tal vez un 80%); mientras que por otro lado están (como algún día oí llamarlos a José Saramago) "los mandarines", los que han dejado de ser personas y se comportan como si el mundo fuese suyo. ¿Alguien se acuerda de Chaplin jugando con la bola del mundo? Ellos, los mandarines, nos han acostumbrado tanto a sus fechorías que, al final, nosotros nos olvidamos que por detrás están drenando nuestra energía, nuestro control y nuestra fuerza. Ellos son los que impiden que una sociedad avance y cambie. Sin embargo, y no lo olvidemos, al final es la gente, el pueblo quien tiene la última palabra. Y eso habría que recordárselo. Una sociedad solo avanza en la transparencia, la justicia y la verdad.- Elías de Vega. Rianxo, A Coruña.

Como periodista, el caso Wilileaks me demuestra quizá la verdad más escabrosa para quienes ejercemos esta profesión: la existencia de una versión oficial y de otra extraoficial.

El solo hecho de que coexistan ambas versiones, contrastadas con frecuencia en el mundo de la política, del Gobierno y la diplomacia, nos advierte algo terrible: si existe una versión extraoficial se debe a que casi siempre la versión oficial miente.

Durante mis años de ejercicio del periodismo político en Chile, en el diario El Mercurio, me tocó comprobar con frecuencia esta aseveración. Mientras las fuentes tratan de vendernos a los medios sus versiones oficiales, nuestro deber como periodistas es obtener la extraoficial, la versión incómoda, molesta, la políticamente incorrecta; la que en casi el 100% de los casos es la verdadera, pero que no se dice, sino que se oculta o se disfraza. En otras palabras, se miente. Esta es la dura verdad. Si los Gobiernos o instituciones no mintieran o disfrazaran las informaciones, no existirían dos versiones. Siempre habría una: la verdadera.- Bruno Ebner. Corresponsal del diario El Mercurio de Chile. Madrid.

Nadie duda de que José Couso fue asesinado en el ejercicio de su profesión por tres soldados americanos. Hasta aquí todos de acuerdo, incluido el Gobierno. Debo reconocer que ver a sus responsables -el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Wolford y el teniente coronel Philip de Camp- entrando por la Audiencia Nacional para rendir cuentas ante el juez Santiago Pedraz me parecería pura ciencia-ficción, pero tener que tragarnos que su impunidad la suscriben ministros y fiscales españoles es un exceso de realismo. Y no consuela constatar en esos miles de cables la sumisión de todos los Gobiernos ante el Imperio. Sigue doliendo igual, y preferiría que el nuestro reconociera en voz alta su impotencia a que se ofrezca a dar explicaciones en privado a la familia Couso -¡como si a los demás no nos incumbiera el caso!-. Si no se asumen responsabilidades en este asunto su autoproclamada inmunidad los igualará a los soldados americanos y los hará cómplices de un crimen que no deberíamos olvidar. ¿De qué pasta esta hecha esta clase política que no se siente obligada a rendir cuentas?

En el otro extremo, 200 sitios actúan hoy como espejo de Wikileaks, garantizando nuestro derecho a saber la verdad. Ojalá sigan haciéndolo y ojalá también conozcamos, la conversación entre Moratinos y Tzipi Livni sobre la rebaja de la legislación española en materia de jurisdicción universal, que ponía en peligro a siete altos cargos israelíes. Tal como está el percal, ¿qué hace una con su voto en 2012 si quiere un Gobierno de izquierdas en este país.

Ana Sánchez Barcelona

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de diciembre de 2010