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COLUMNA

Desmemoria

"En la cuadrilla somos dos, y con uno no me hablo", suele decir un amigo cuando quiere referirse a un tipo raro, raro, raro. Hay tipos así de raros. Seguramente, todos conocemos alguno o algunos, siempre demasiados. Gente que discute porque llueve y porque no llueve, capaz de defender una cosa y la contraria y, por lo tanto, de discutirla, también, y todo al mismo tiempo. Deben abundar, porque si no no se explica que hayan hecho escuela en la política, que siempre es un buen espejo de la realidad, distorsionado, un tanto rajado, pero espejo a fin de cuentas.

Se supone que los Parlamentos están para conseguir consensos, pero he ahí que los partidos están para evitarlos. Es evidente que hay acuerdos imposibles: jamás PSOE y PP se van a poner de acuerdo sobre la laicidad del Estado. Por eso, el PP ha frenado a los manifestantes de la Conferencia Episcopal y el PSOE ha puesto la ley de Libertad Religiosa en el último lugar de su agenda de trabajo. No quieren líos. La desmemoria como argumento de trabajo.

Desmemoria que afecta a los ciudadanos saharauis, condenados al olvido no por sus razones o falta de razones, sino por los acuerdos económicos, especialmente, de Marruecos con las grandes potencias y con las más pequeñas. El color del dinero, en mayor medida que Marruecos, ahoga a los saharauis, cuya soberanía del desierto es más improbable que la conversión de Berlusconi a la democracia, de Chaves a la libertad de prensa o que Fernando Sánchez Drago se haga socio de Aldeas Infantiles. Arena de desmemoria, una vez más.

En Euskadi, los acuerdos son improbables en casi todo, pero hay unos más dolorosos que otros. El desacuerdo en torno a las víctimas del terrorismo es más doloroso que el cuchillo que rasga el ojo en Un perro andaluz, de Luis Buñuel. Ni una sencilla declaración ha sido capaz el Parlamento de sacar adelante en el Día de la Mermoria. Otra vez las víctimas en el ojo del huracán, en el ojo doloroso y surrealista de Buñuel, condenadas de nuevo a no encontrar la paz ni en el lugar más sagrado en el que debe conseguirse y conservarse.

Otra vez las víctimas de aquí y de allí, otra vez el desacuerdo, la táctica política, la estrategia parlamentaria, el punto y la coma, la tilde. Ni los partidos mayoritarios buscaron la unanimidad parlamentaria, ni EA y Aralar la flexibilidad necesaria. Y el Día de la Memoria se convirtió en otra desmemoria, la que nos conduce a los vascos, casi genéticamente, a complicarnos la vida con una facilidad asombrosa, de récord. A revolver la sopa, hasta que se enfría y no hay quien se la coma. A darle vueltas y vueltas al lenguado hasta que se quema y hay que tirarlo urgentemente a la basura. A discutir y discutir y discutir hasta que nos damos cuenta (a veces ni siquiera eso) de que eramos dos en la cuadrilla y con uno de ellos no me hablo. ¿Seremos todos así de raros?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de noviembre de 2010