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COLUMNA

Familia Monster

Si nueve de cada 10 estrellas usan Lux, ¿seremos capaces de utilizar Palmolive? En lo que las encuestas tienen de espejo de la realidad, nos gusta reconocernos. Mira, estamos aquí, entre quienes piensan que debe presentarse Zapatero, entre los que detestan a Rajoy, entre los que desean que gane el PSOE aunque creen que ganará el PP, etcétera. A menos que tengamos vocación de malditos, nos satisface encontrarnos en una u otra de esas porciones demoscópicas. Ahora bien, como la necesidad de sentirnos integrados nos empuja a veces a colocarnos de manera acrítica junto a la mayoría, la encuesta tiene también algo de orden sutil, de mandato invisible. ¿Tendrás tú el valor de situarte aquí cuando siete de cada 10 contribuyentes están allí? Quizá no, quizá, para parecer normal, y ocultar de paso que eres un bicho raro, te apuntes a la generalidad. Hay entonces épocas en las que para ser normal tiene uno que actuar, paradójicamente, como un anormal. Pero nos acostumbramos a todo. Fíjense en lo de Italia, en lo de Valencia, en lo de Alicante, en lo de Castellón...

Quiere decirse que en lo que las encuestas tienen de fotografía familiar, en las últimas parecemos la familia Monster. El problema es que a base de asomarnos a esa imagen una y otra vez, en uno y otro periódico, en este o aquel telediario, nos vamos familiarizando con ella. Por eso tampoco hay suicidios colectivos cuando Rajoy se refiere a Camps (el de los amiguitos del alma) como un paradigma de ejemplaridad, o a Fabra (el de los millones sin justificar) como un modelo de honradez. El horror empieza a instalarse como norma. Las encuestas, en la medida en la que te señalan la cantidad de estrellas que usan Lux (tratando de humillarte si utilizas Palmolive), contribuyen al establecimiento del espanto. Lo que no sabemos es si lo hacen con ingenuidad o alevosía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de noviembre de 2010