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Editorial:

Jugar con fuego

El G-20 debe poner fin a las devaluaciones competitivas que amenazan la recuperación

La historia no parece inspirar a los Gobiernos y a los banqueros centrales de las principales economías del mundo. Sobre ellos recae la responsabilidad de la gestión de la crisis económica y financiera más severa desde la Gran Depresión. Algunas de las lecciones que dejó están siendo desoídas en Europa, como pone de manifiesto la prematura retirada de las políticas de estímulo o las más recientes amenazas del BCE. También el regreso de las tensiones proteccionistas por la vía de manipular los tipos de cambio, algo en lo que está incurriendo un número creciente de países.

Siendo comprensible que en la búsqueda de atajos para la recuperación se procuren adoptar políticas de fortalecimiento rápido de la competitividad de las exportaciones, la evidencia acerca de sus consecuencias debería ser disuasoria. Fueron esas políticas, destinadas al "empobrecimiento del vecino", las que desencadenaron la dinámica proteccionista de los años treinta del siglo pasado que, en conexión con otros errores políticos, derivó en una de las décadas más aciagas de la historia.

Ahora, desde el original reproche a las autoridades chinas por mantener un régimen cambiario que limita la libre fluctuación de su moneda, hasta las más recientes denuncias de la canciller Merkel a los dos principales contendientes en esa refriega cambiaria, EE UU y China, las cosas parecen tomar un cariz inquietante. La actitud japonesa, favoreciendo la depreciación del yen, y alertando de las compras chinas de activos denominados en su moneda, no ha hecho sino agravar el conflicto. Claro que la definitiva integración de China en la economía y en el sistema financiero global exige el abandono de esa permanente manipulación del tipo de cambio. Pero el crónico déficit exterior de EE UU no puede explicarse fundamentalmente por esas prácticas poco competitivas chinas, sino por el mantenimiento durante demasiados años de una demanda doméstica muy superior a la capacidad de generación de ahorro. En todo caso, la solución a esas tensiones no ha de hacerse mediante decisiones individuales, sino en el seno de las instancias multilaterales.

Si algo ha enseñado la gestión de esta crisis es que no se puede seguir confiando en las hegemonías simples del pasado. La renovada vigencia del G-20 ha de servir para que, en su reunión del próximo noviembre, se despejen las amenazas de esa guerra cambiaria sobre la recuperación económica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de octubre de 2010