Análisis:EL ACENTOAnálisis
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Las librerías de Liliput

Al final ha resultado que Internet también tenía su corazoncito. Cuando todos los pronósticos auguraban el final del pequeño comercio frente a las dimensiones globales de la Red, se ha producido un giro inesperado y que, de momento, solo se ha dejado sentir en Estados Unidos. Al menos en lo que respecta a los grandes supermercados culturales y las pequeñas librerías. Muchas de ellas han caído víctimas de este desigual combate en el que los gigantes eran de verdad gigantes, no inofensivos molinos. Pero, emboscadas en sus pequeños locales de barrio, las que han resistido observan entre aliviadas y sorprendidas, no solo que las grandes cadenas empiezan a hacer agua, sino también que poco a poco van llegando refuerzos en forma de nuevas pequeñas librerías. El ejército de liliputienses parece estar domesticando a los ciclópeos gulliveres. Y eso con la inesperada ayuda de quien hasta ahora parecía su más implacable enemigo. Es como si, de pronto, los lectores se hubieran dicho: para las compras impersonales, prefiero la Red a los grandes supermercados de la cultura. Pero lo que de verdad me gusta es

que sea un librero el que me ayude a escoger mis libros.

George Steiner sostiene que descubrir libros no publicitados forma parte de los placeres que ofrece la literatura. Por eso cabría preguntarse si los problemas que atraviesan los grandes supermercados de la cultura no arrastrarán consigo a los best sellers, que llevan tanto tiempo desplazando de los estantes a obras más modestas en cuanto

a la tirada, pero infinitamente más ambiciosas en su propósito de que la literatura siga perteneciendo al terreno del arte y no

al de los negocios.

Pero quién sabe si las noticias que llegan de Estados Unidos son solo una golondrina que no hará verano. Porque los buenos amantes de la literatura no entienden los pronósticos más que como un género de la ficción, y saben que la lengua del corazón es tan imprevisible como la del mercado. Aunque el corazón sea el que se le acaba de descubrir a Internet, ese gigante que, como el de algunos cuentos clásicos, oculta bajo la ferocidad de su aspecto los sentimientos más inesperados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 26 de septiembre de 2010.

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