58º Festival de San Sebastián

"La guerra es echar piedras en un charco de mierda"

Agustí Villaronga opta a la Concha de Oro con 'Pa negre'

Dicen de Agustí Villaronga que siempre busca en los buenos algo malo y en los malos algo bueno. Pero ni buenos ni malos hay en el retrato de los fantasmas y de las heridas que provocó la Guerra Civil española y que ha narrado en Pa negre, película que ayer se proyectó en la sección oficial del Festival de San Sebastián.

El cineasta mallorquín lo tiene bien claro: "La guerra es como echar piedras en un charco de mierda. Todo el mundo queda salpicado. Por eso, la gente que tiene que salir adelante en situaciones tan duras no merece ser juzgada, hay que tener una mirada piadosa sobre ella. No se puede decir de un brochazo quiénes son los buenos y quiénes los malos. Como mínimo debemos intentar entender a las personas, a todas, a las de uno y otro bando".

La película retrata los fantasmas y las heridas de la contienda civil

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Los fantasmas, el peso del pasado, las mentiras, los ideales traicionados y resquebrajados, toda esa telaraña que se va cultivando en la tragedia de una guerra, en este caso en un pequeño pueblo de la Cataluña rural, están contenidos en Pa negre, el filme coral basado en la obra literaria de Emili Teixidor y que está protagonizado por Francesc Colomer, Marina Comas, Nora Navas, Roger Casamajor, Laia Marull, Eduard Fernández y Sergi López. La película también narra cómo todas esas salpicaduras afectan al mundo de los niños.

No le gusta a Agustí Villaronga que se le califique de cineasta "experimental". Él se reconoce más como "transgresor". La noche del martes estaba como un flan. Ayer ya respiraba algo más tranquilo e incluso se confesaba feliz. Había sentido muy buenas impresiones entre el público tras la proyección de Pa negre, su filme quizás menos arriesgado y más comercial, sin abandonar nunca ese mundo suyo tan especial -"traicionarme sería una falta de nobleza"- que ha ido recorriendo a lo largo de su cinematografía (Tras el cristal, El niño luna, El mar o Aro Tolbukhin, en la mente del asesino). "Es verdad que esta película tiene más vocación de llegar al público, de conectar. Trata un tema que puede no ser lo más amable del mundo pero hay un intento de que la gente lo pueda entender. Hay un esfuerzo enorme por mi parte y la de los actores de que se me entienda, tanto la narración sencilla, como los sentimientos de cada uno de los personajes. Además, el público se puede identificar con los personajes del filme, la abuela, las tías, el hijo. Son fácilmente entendibles, algo que no ocurría con los personajes de mis películas anteriores, que eran gente a veces perversa, enfermiza o desquiciada".

¿Y cuáles son las razones de este cambio? "Quizá la edad, tengo 57 años y a lo mejor ya no me quedan muchas películas por hacer. Las cosas están muy difíciles, yo trabajo cada muchos años y cuando presento mis guiones en las productoras se asustan. Sin renunciar a mi mundo, intento adaptarme a lo que se me exige desde fuera".

Pero este cambio ha llegado sin miedos para él, que es una persona que se confiesa sufridora. "Ya no me paraliza el miedo. Trabajo con placer, disfruto incluso en los rodajes, algo que antes no me ocurría. Antes me daba pánico el rodaje, tantas personas dependiendo de ti, todo el día a punto de cagarla, la gente que te riñe... Todo eso ha quedado atrás".

Ahora le espera el público, ese ente al que Villaronga nunca entiende pero que respeta. "Es siempre un misterio. Nunca ríe cuando yo creo y nunca llora cuando yo lo he hecho".

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 23 de septiembre de 2010.

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