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Reportaje:SINGULARES MÁXIMO, peluquero

El artesano del tupé

La peluquería de culto para la escena 'rocker' madrileña no está en Malasaña

Máximo regenta una peluquería de caballeros. Así de austero reza el rótulo de su establecimiento en el barrio de Tetuán: "Peluquería de caballeros". Nada más, salvo un detalle en la esquina superior izquierda del letrero. Un pequeño as de picas negro. "Ese as significa el peor de los problemas. Los marines americanos lo solían llevar en el casco durante la guerra de Corea. Y sí, también es un símbolo rocker y lo he puesto ahí pequeñito porque me mola". Estas palabras de Máximo ejemplifican a la perfección el espíritu de su negocio. Y de él mismo.

Mezcla de tradición castiza y cultura rocker, Maxi, como le conocen sus clientes, nació hace 40 años en el barrio de Manoteras y lleva 15 al frente de este local que no tiene nombre, ni tarjetas, ni página web porque Maxi lo quiere así. Tampoco quiere desvelar su apellido ni la dirección del establecimiento, pero desliza que ha aparecido en letras de canciones y en libros especializados. Alardea de conocer a todos sus clientes, que muchas veces vienen desde la otra punta de Madrid para ponerse en sus manos. Mantiene el control sobre su negocio y no quiere subirse al carro de las tendencias.

Maxi atiende desde hace 15 años en su salón del barrio de Tetuán

"Ahora la estética 'rocker' es tendencia, pero la actitud no se compra"

El corte 'flat-top' es el más solicitado, conocido como 'estilo felpudo'

El peluquero no quiere publicidad y solo acepta a clientes habituales

Y es que desde Robert Pattinson, actor de Crepúsculo, hasta Cristiano Ronaldo, las nuevas celebrities lucen un generoso tupé. "Hoy en día parte de las estética rocker es tendencia. Te puedes ir al Mercado de Fuencarral y comprarte la ropa, incluso enterarte de las referencias musicales. Pero la actitud... la actitud no se compra", destaca. Por eso Maxi solo atiende a clientes habituales. "Si no les conozco o no vienen de parte de algún amigo, no les cojo".

No quiere publicidad. Detesta la reducción al cliché de la cultura rocker. Un fenómeno juvenil nacido en los años cincuenta entre Reino Unido y EE UU con fascinación por las motos, cierta estética militar y música rock and roll. Todo en el local, su castillo, como dice él, está cuidado con mimo y a su gusto. Una antigua máquina expendedora de chicles (a peseta, claro), carteles de películas de culto como Dragstrip Riot, fotos de carreras de motos, de Betty Page, de boxeadores y en una esquina, la reina de la casa: una guitarra, como la que siempre llevaba consigo Lucky Luke para tocar en las fondas donde paraba a descansar de su ruta por el desierto.

Una acústica a medio camino entre el requinto cubano y una guitarra de blues, conectada a un amplificador Epiphone de válvulas y a un micrófono de armónica. Una joya con la que juguetean los clientes sin más pretensión que pasar un buen rato junto a los amigos mientras aguardan para recortarse el tupé. Maxi no quiere que todo esto se ensucie con desconocidos. "Al final esto parecería un garito", dice con reprobación.

Desde primera hora de la mañana, los caballeros van pasando por los tres sillones de cuero rojo donde se trabaja sobre el pelo en seco y con acabado siempre a navaja. El corte flat-top es el más solicitado. Recto por arriba y rasurado por los lados, conocido popularmente como estilo felpudo.

Clientes que habían pedido cita con varios días de antelación esperan su turno. Vienen de Boadilla del Monte o Alcalá de Henares. Mientras esperan, hojean revistas de motos, un manual de moda masculina o una recopilación de fotos y citas de galanes canallas de Hollywood, como Robert Mitchum o el icónico Marlon Brando en Salvaje.

De ojos vivarachos, pelo engominado, patillas perfiladas y verbo ágil, Maxi recuerda cómo a los siete años ya se doblaba el bajo del pantalón. O cómo en séptimo de EGB se fijó en un compañero que llevaba el pelo para atrás y un parche de un águila en la camisa. No sabría decir por qué se hizo rocker y tampoco porqué a los 15 años decidió estudiar peluquería de señoras "en la mejor escuela de oficios de Madrid". El caso es que de manera natural ha conseguido aunar sus dos vocaciones. "Mi primer trabajo fue en una peluquería de señoras en el Barrio del Pilar. Pero mis amigos, que eran rockers, venían a que yo les cortara el pelo, y al final casi era una peluquería de caballeros". Es más, Maxi se reivindica, con cierto orgullo, como uno de los responsables de la proliferación de peinados a lo felpudo entre la muchachada de extrarradio que se perdía por la ruta del bakalao madrileña a comienzos de los años noventa.

En su peluquería se puede fumar. Los sillones rojos donde corta el pelo conservan el cenicero incorporado en uno de sus posabrazos. Pero la ceniza se tira al suelo por imposición de Maxi. "Esto es una peluquería de caballeros y el cliente tiene que estar a gusto. En el suelo tiene que haber ceniza y restos de cabello, que el peluquero limpia con el recogedor después de cada corte". A Maxi no le gusta que vengan mujeres a su peluquería. ¿Para qué?, se pregunta encogiendo los hombros. Suena el teléfono, es su chica. Han quedado en el centro para almorzar. A Maxi le apetece una hamburguesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de septiembre de 2010