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COLUMNA

PSOE contra PSOE

No hay nada de extraordinario en que se celebren elecciones primarias entre candidatos de un mismo partido que aspiran a alcanzar un cargo. Son buenas para la imagen de las organizaciones partidistas, que aparecen dotadas así de un mayor brillo democrático y, se supone, sirven para favorecer el contraste de ideas, perfilar mejor el programa y romper con las rutinas habituales. Allí donde existen, como en Estados Unidos, suelen incorporar también en el censo electoral del partido a los simpatizantes y votantes, con lo cual consiguen abrirlo mucho más a los ciudadanos interesados por la política. También permiten que candidatos no suficientemente conocidos del gran público puedan acceder a un escenario que contribuya a catapultarlos después con fuerza cuando se celebren las elecciones que realmente importan, las que otorgan o no el cargo en disputa. Puede pensarse también en otra razón. Ya que no estamos en una democracia participativa propiamente dicha, sino en una democracia de "selección de líderes", todo lo que contribuya a hacer más transparente y argumentativa la gestación de la oferta de liderazgo es siempre bienvenido para la salud del sistema.

Lo mejor para el partido ante las primarias es ver en este engorro una ocasión de futuro

El problema de la elección del candidato madrileño del PSOE mediante elecciones primarias no estriba, por tanto, en el método elegido, sino en la forma en la que este ha llegado a producirse. Es decir, de manera forzada, por negarse Gómez a plegarse a la voluntad de Ferraz y del presidente del Gobierno. Y también por la falta de tacto con la que se ha llevado a cabo todo este proceso, con constantes filtraciones a los medios de comunicación. Sobran, pues, muchos de los criterios que en otras condiciones las harían deseables, ya que no fueron realmente queridas por el aparato de Ferraz ni por el de la FSM. Y ahora, una vez que la suerte está echada, lo más urgente para el partido es ver cómo se procede a una adecuada gestión de daños. Porque los perjuicios potenciales de esta salida son muchos.

El principal seguramente sea aquel derivado de un posible enconamiento de la disputa electoral. Nuestra falta de experiencia en estas lides hace que no esté garantizada una campaña electoral libre de algunos de los efectos perniciosos de cualquier enfrentamiento electoral. ¿Es posible evitar que cada candidato trate de destruir la credibilidad de su rival? ¿Va a ser una pugna limpia por ver quién es el mejor sin desacreditar al adversario? Imagino que esto estará hablado, pero ya se sabe que quienes al final sancionan la imagen de esta confrontación no son los propios candidatos o el partido, sino los medios de comunicación y algunos de los intereses que estos gestionan. Por lo pronto, la selectividad mediática se centra en sacar a la luz las "contraprogramaciones", el quién se cuela en la foto y cómo, las zancadillas. Casi más que de quién sea el candidato ganador, el éxito en las elecciones de Madrid depende para el PSOE de la limpieza y el acierto con el que se lleve a cabo la campaña.

El segundo daño, y esto ya tiene peor arreglo, es la posición del propio presidente del Gobierno. No cabe duda que su autoridad quedará tocada si al final gana Tomás Gómez. Pero también si gana Trinidad Jiménez y luego ésta no puede impedir que gobierne Esperanza Aguirre. Y no porque la apuesta fuera poco razonable, sino por el desgaste que supone no haber tenido la capacidad de controlar al propio partido.

Lo mejor para el PSOE en este caso de las primarias es hacer de tripas corazón y ver en este engorro una ocasión de futuro. Antes del final de la contienda por la candidatura socialista de Madrid, el partido debería esforzarse por disimular el fastidio y hacer una lectura de las primarias como una posible apuesta para la elección de algunos cargos futuros; incluso, cuando toque, del propio candidato a presidente del Gobierno. La socialdemocracia europea, que no está sobrada de ideas, ha encontrado precisamente aquí un elemento clave para su imprescindible renovación. Ya sabemos que el Partido Socialista Francés va a elegir a su nuevo aspirante a la Presidencia del país por este método, incluso incluyendo en el censo a votantes y simpatizantes. Y ésta es también la propuesta que ha sugerido recientemente Sigmar Gabriel, el actual líder del SPD alemán, como una opción viable para seleccionar al próximo candidato del partido para el cargo de canciller. La cosa no está para hacer experimentos, pero quién sabe si de este aparente y coyuntural incordio para el PSOE no puede salir después un liderazgo renovado con nuevos impulsos democráticos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de septiembre de 2010