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Próxima estación

El puente del Petróleo

A pocos metros de la nueva estación de Badalona Pompeu Fabra, el viejo pantalán se abre al mar

El sitio sigue guardando su pátina popular. Aunque rodeados por un paisaje luminoso y un tanto impresionista, los bañistas que se acercan hasta este trozo de playa gustan de plantar sillas y mesas, comer en familia y darse un chapuzón, sin demasiadas concesiones a la dieta. En la misma orilla, cañas de pescar y nadadores ocupan pacíficamente estas aguas. Todo bajo la sombra benévola y remozada del puente del Petróleo, a poca distancia de la nueva estación de Badalona Pompeu Fabra de la línea 2.

Mucho se ha hablado en su localidad natal de este pasadizo angosto que se pierde en el mar. Parte importante del patrimonio industrial, es la única construcción de estas características en toda Cataluña. Originariamente, aquí estuvo un primitivo pantalán de madera -construido en 1879-, destinado a servir de crudo a la Suari i Canals, la primera refinería de petróleo que hubo en España. Entonces, la zona comenzaba a poblarse de fábricas y talleres en torno a la vía del ferrocarril que -desde 1848- comunicaba Barcelona con Mataró. Frente a este rincón se instaló la licorera Anís del Mono, cuya silueta sigue presidiendo el paisaje. Durante muchos años esto fue el feudo de gran cantidad de familias trabajadoras que venían aquí a remojarse los pies, lejos de las playas del centro a donde iban las familias burguesas. Bajo las traviesas del embarcadero era habitual que se citaran las parejas o que los niños imaginaran torreones de cuento. Algún barco cargado de fuel se apostaba a su lado, y por los alrededores se percibía un fuerte olor a carburante.

Cuando Campsa cerró en 1986 sus instalaciones, solo la presión ciudadana logró evitar su destrucción

A lado y lado el mar, y a lo lejos la costa, en una panorámica emocionante del litoral barcelonés

En los años veinte, un temporal destruyó aquel primer puente, que pronto fue sustituido por otra estructura de hierro, expropiada en 1927 por la nueva compañía estatal Campsa. Como parte de esta empresa pasó a manos del sindicato regional de petróleos de la CNT, que en 1936 la incautó y puso al frente a un comité obrero. Durante la guerra, la ciudad de Badalona fue objetivo preferente de la aviación franquista, a causa de las numerosas industrias metalúrgicas, químicas y de refinado de combustible que había en sus inmediaciones. En el mes de junio de 1938 se producía un terrible ataque en esta costa, que se saldó con 65 fallecidos. El bombardeo se repitió los días 14 y 15 de agosto, específicamente sobre los depósitos de Campsa de Alicante, Valencia, Barcelona y Badalona. Milagrosamente, en ninguno de estos episodios sufrió daño alguno el pantalán, que al terminar la contienda seguía en pie.

Empieza una época oscura, la del bloqueo internacional, cuando apenas llegan barcos a descargar su preciado líquido. La estructura se degrada y obliga a construir un tercer pantalán -el actual-, de acero y hormigón. En esas fechas, su silueta emergía amenazadoramente de los talleres y depósitos que la refinería tenía en esta parte de la ciudad. Sin embargo, cuando Campsa cierre estas instalaciones -en 1986-, al puente apenas le darán un lustro de vida. Solo la presión ciudadana -iniciada por Josep Valls- conseguirá evitar su destrucción. Desde entonces, bajo sus pilares hay una estación meteorológica y un pequeño santuario de la vida marina. Está prohibido pescar y zambullirse desde aquí.

El final del puente, como si caminásemos sobre las olas, se abre ante nosotros. A lado y lado el mar, y a lo lejos la costa, en una panorámica emocionante del litoral barcelonés. Con la brisa marina este rincón se transmuta en recuerdo cinematográfico, remedo de Brighton pero sin mods. Con un poco de suerte podríamos tropezarnos con la silueta de Orson Welles en su última película, Someone to Love, parte de ella rodada en la californiana bahía de Santa Mónica y su famoso embarcadero. Mientras, en la orilla, como una dosis de agradable realidad, un grupo de adolescentes chilla mientras se van lanzando una pelota de goma. En una tarde así es imposible que pase nada malo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de agosto de 2010