Reportaje:SUDÁFRICA 2010 | España, en la cima del mundo

La pasión roja

Madrid sale a la calle en masa para recibir a los jugadores de la selección española, que vivieron una agotadora jornada de agasajos, desfiles y fiesta

Habían pasado poco más de 12 horas desde el disparo de Iniesta cuando la Copa del Mundo aterrizó ayer en Barajas . Lo hizo en las manos más famosas de España, las de Iker Casillas, que apareció en el umbral de la puerta del Airbus 340 que trajo a la selección de su periplo sudafricano cuando el reloj pasaba 10 minutos de las dos y media de la tarde. Del frío sudafricano los jugadores se sumergieron de golpe en el calor asfixiante de un país dispuesto a poner a hervir su pasión por la selección si hacía falta. Los más de 40 grados a pie de pista no importaron a los centenares de trabajadores del aeropuerto de Barajas que se agolparon en torno al perímetro de seguridad luchando por ser la primera cara que vieran sus ídolos en suelo español. Hubo quien se subió a las escaleras corredizas que dan acceso a los aviones para ver mejor y agitar con fuerza sus banderas o quien, como Leticia, una trabajadora de seguridad de una compañía aérea, prefirió quedarse a pie de pista con su bandera en la mano. "Llevo trabajando desde de las seis de la mañana, pero me quedo haciendo horas extra para ver a la selección", decía.

En el hotel los amigos y familiares se identificaban por el número de la camiseta
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De las manos de Casillas la Copa del Mundo pasó al brazo sereno de Vicente del Bosque , que no abandonaría ese gesto de satisfacción contenida, marca de la casa, en todo el recorrido. Las celebraciones tras el partido retrasaron el vuelo tres horas y la agenda de visitas oficiales no perdona. Así que las casi seis horas que tenía la federación previstas para el descanso del guerrero en un hotel de Barajas quedaron reducidas a una comida y aseo rápidos en algo más de 90 minutos. Como pequeños clanes identificables por los números de las camisetas, los familiares y amigos de los jugadores fueron llegando al hotel. Abrazos, saludos y mucho afecto de ese que cultivan los años y multiplica la distancia se vieron en las salas de Barajas. Ninguno de los jugadores, móvil en mano, descansó hasta que tuvo a los suyos acomodados en el hotel. "No le vemos desde que volvimos de Sudáfrica tras el tercer partido", decía con los ojos vidriosos el padre de Fernando Llorente mientras un familiar le anudaba al cuello un pañuelo de su pueblo al internacional riojano.

Fuera, bajo un sol que teñía de rojo más de una espalda, centenares de personas aguardaban para ver salir a la comitiva rumbo al palacio Real, donde el Rey recibió a los campeones . Mientras la comitiva visitaba a las instituciones, el recorrido que harían horas más tarde en un autobús descubierto se iba tiñendo de un rojo cada vez más intenso, hasta llegar a los centenares de miles de personas que abarrotaron la ciudad. Ayer amaneció pronto para Juan Luis y Miguel, dos jóvenes de Don Benito, Badajoz, que a las ocho de la mañana estaban trabajando en Extremadura y a las seis de la tarde se encontraban en La Moncloa con las caras pintadas de rojo y amarillo y con una bandera a modo de capa. 305 kilómetros de pasión por La Roja, que para Juan Luis estaban históricamente justificados. "Esto es un hecho sin precedentes que no sabemos si volveremos a ver, por eso estamos aquí". Hoy a las diez de la mañana les esperan en el trabajo. Quien puede que no llegue a tiempo al suyo hoy es Antonio, un murciano de 34 años, que se plantó con su camión, tuneado con la selección. Ayudado por sus cuñados, el viernes, cuando sintió que España iba a ser campeona del mundo reconvirtió su camión en un homenaje con ruedas a los 23 de Del Bosque. Completamente rojos y amarillos, los laterales del vehículo eran un retrato gigante de la plantilla. "Quizá no vea esto nunca más, así que el esfuerzo ha valido la pena", decía orgulloso ante todos los flashes que se llevaba su vehículo. A pocos metros, la figura delicada de Caterina y de sus tres colegas de una compañía de ballet ruso destacaban entre la marea roja. "Estamos desde hace un mes en Madrid y hemos venido a ver a los jugadores porque nos encanta el fútbol", decía mientras el "Yo soy español, español" sonaba por enésima vez. Durante un buen rato, los cánticos de los aficionados estuvieron dirigidos por la trompeta de José Manuel, un joven madrileño que a sus 22 años ya ha estado en dos finales. "Me arrepentí mucho de no llevarme la trompeta a Viena y, este año, me ha acompañado a Johanesburgo". No quiere desvelar cómo consiguió su entrada, pero el caso es que estuvo 38 horas en Sudáfrica.

Todo podía esperar. Como el autobús a casa de María, una mujer de 80 años que se vio atrapada por la marabunta colorada cuando intentaba coger el autobús de vuelta a casa. Como pronto comprendió que el enemigo era muy superior en ímpetu y energía, prefirió unirse a él. "Ya que estoy, me quedo y a ver si hay suerte y veo a Casillas". María tuvo que esperar a su autobús, pero a cambio se llevó una sonrisa de su portero favorito enseñándole esa mole brillante que resulta que es la Copa del Mundo. Y ayer estaba en Madrid. Para ella y para todos.

Los jugadores de la roja y de la afición celebran el título en las calles de la capital. <strong><a href="http://www.elpais.com/deportes/futbol/mundial/">España Campeona del Mundial de Fútbol 2010</a></strong>LUÍS ALMODOVAR / R. IORIundefined
Los fuegos artificiales pusieron el broche final a una fiesta en la que Madrid se echó a la calle para celebrar que España en campeona del mundo de fútbol.
Los fuegos artificiales pusieron el broche final a una fiesta en la que Madrid se echó a la calle para celebrar que España en campeona del mundo de fútbol.AP

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