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Columna
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El mal querer

A quien más le gusta el fútbol es al balón. No me extraña el fenómeno del pulpo profeta Paul. Según acredita la Enciclopedia Británica, el octopus es con mucho el ser vivo invertebrado más inteligente. El esférico también es invertebrado, inteligente, y tal vez el diseño más perfecto de la creación, junto con la manzana de Eva y las cuerdas vocales de Maria Callas.

Del balón siempre se dice que es imprevisible, que "hace extraños". Sorprende la frecuencia con que en la cancha los grandes fusileros envían la bola al abismo, incluso cuando lo más difícil es fallar. Ante el gatillazo garrafal o ante la precisión astrográfica de un gol decisivo, surge la misma pregunta: "¿Cómo ha podido hacerlo?". Es el plus del balón. Ahí es donde aparece la personalidad. Es evidente que el balón protege a quienes lo quieren.

Esa es la gran singularidad histórica de La Roja. La relación que mantienen los jugadores entre ellos, con el mister, y con el balón se basa en una inteligencia emotiva. Y por eso el balón está más a gusto con ellos.

No son depredadores. No son carnívoros. Disfrutan de la hierba. El balón se siente un compañero. Es un factor que no contemplan los críticos del llamado tiqui taca, nostálgicos del fútbol cabreado y taciturno. El estilo de La Roja es cervantino. Campa la imaginación y el humor. Y las ideas tejen. Por fin las neuronas llegan a los pies. Por eso esta selección no se presta a una estridencia patriótica posesiva y excluyente. Pertenece a la gente de cualquier parte a la que le gusta el fútbol.

La que goza en la cancha es una España liberada de su losa: "Entusiasmo del odio, ojos del mal querer" (Miguel Hernández). El contrapunto al "mal querer" es la mirada de Del Bosque. Su lema es una revolución en la España de hoy: "Saber escuchar". Pase lo que pase, gracias, mister.

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