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JUEGOS FATUOS | SUDÁFRICA 2010 | ESPAÑA - CHILE

El gran carnaval

Lo imprevisible es la inevitable consecuencia de lo previsible, ya que sin lo previsible nada sería imprevisible. Pero, cuando lo imprevisible, por previsible, empieza a importarme un bledo (bledo: hierba amarantácea erecta y anual de tallos estriados y flores dispuestas en inflorescencias de color blanco verdoso que, según el diccionario de la Real Academia, nos importa poco), tendré que sopesar dos veces por qué este Mundial, de rimbombantes atuendos y adormecedoras vuvuzelas, apenas repartidas las primeras patadas, me interesa cada vez menos.

Olfateo la farsa como el perro perdiguero distingue el señuelo de la perdiz que remonta el vuelo. No se trata de equiparar la decepción que me produjo saber que los Reyes Magos eran los padres con el descubrimiento de que, así en el césped como en el cielo, lo que llamaban Dios se llama Mercado y, salvo sus poderosos representantes en la Tierra, los demás somos pura mercancía. Lo sospechábamos. Que los más pobres tuvieran que sacrificarse para que los ricos fueran más ricos no requería mayor revelación divina. Era virtud cristiana. Pero quizás, al recordárnoslo tan de sopetón, han desenmascarado el carnaval y a las muy cotizadas pantorrillas exhibidas en los estadios se les han aflojado las tobilleras. No es cuestión de que metan más o menos goles entre tres palos, aunque me sorprenda comprobar que tan excelsos profesionales fallen tantas ocasiones por tener, al parecer, una pierna buena y otra mala. En época de recortes salariales, propondría que a los que tengan solo una pierna buena les paguen la mitad.

En época de recortes, que a los jugadores que tengan una sola pierna buena les paguen la mitad

No seré yo, sin embargo, quien ponga en entredicho este Mundial por el hecho de que, de repente, los entusiasmos me parezcan tan impostados como carentes de convicción las opiniones de los comentaristas y falsa la exuberancia de los disfraces. Ni añoro ni pretendo que África sea el África de las novelas de aventuras y de mis sueños de antaño. Nadie blande ya escudos oblongos, ni ostenta plumas ni esgrime azagayas. Mi amigo zulú Thulami Mokoena viste vaqueros y gorra de béisbol. A él también le gustaban las películas de John Ford y aplaudía cuando mataban a los indios hasta que comprendió que los indios eran él. No reclamo en el fútbol ni en el cine volver a desenfundar y matar con la rapidez, impunidad y asepsia de Gary Cooper ni disparar a puerta con la precisión, potencia y enbonpoint de ese húngaro llamado Puskas al que había que ponerle la pelota en el pie izquierdo para que no se enfadara.

En aquel entonces, por cierto, los jugadores no escupían en la cancha. Como en el rugby, nadie rociaba con continuos esputos la superficie donde uno mismo, su compañero o contrincante, acabaría cayendo y revolcándose. Aparte de resultar una insana y repugnante costumbre, es un mal ejemplo para esos jóvenes que adoptan las ínfulas de sus ídolos eyectando salivazos por la calle. So pretexto de liberar la tensión, el escupitajo solo puede tener un objetivo plausible: hacer que el árbitro resbale.

No estamos aquí para instaurar normas de comportamiento entre quienes, como los componentes del equipo español, proclaman con orgullo que, pase lo que pase, no renunciarán a su estilo. Otra proclama similar lanzó Guardiola después del tropiezo ante el Inter. Bien es verdad que el Barça era el mejor equipo del mundo y Guardiola el mejor entrenador.

Pero, mal que nos pese, en determinadas ocasiones, es aconsejable modificar el estilo cuando el estilo se vuelve previsible por redundante. Eso Del Bosque lo sabe. Por otra parte, confieso que el susodicho estilo de nuestra selección, en estos preámbulos, no ha conseguido deslumbrarme todavía. Excluyendo el zafarrancho francés, tengo la sensación de no haber visto, hasta el momento, más que asaltos de tanteo. Incluidas las victorias de Argentina y la goleada de Portugal, cuyo más conspicuo representante de un mercado donde se venden camisetas y se enarbolan talonarios tiene la desfachatez de advertirnos: "Dios nunca duerme, sabe quién se lo merece". Me temo lo peor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de junio de 2010