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COLUMNA

Bajo la alfombra

Bajo la alfombra azul de la Gran Vía, barre el Ayuntamiento de Madrid sus inmundicias y sevicias. En la capital de las deudas, el munífico Ruiz Gallardón organiza espectaculares eventos como los que servían a los "amiguitos" del Gürtel para enmascarar sus turbias maniobras. Si no puede haber pan y circo para todos, nos quedaremos con el circo a toda costa, aunque haya que luchar contra la inexorabilidad del calendario y organizar en Primavera el Festival de Otoño. Impelido por la urgente necesidad de suavizar su défícit, el Ayuntamiento alquila la ciudad a los mejores postores, ni un metro de acera si su terraza correspondiente, ni una plaza sin su feria, medieval, artesanal, étnica o gastronómica, sin su mercadillo o su batiburrillo.

Las ONG alertan contra los riesgos que entraña la elaboración de un censo de la mendicidad

La moqueta, azul corporativo, que no hay que dar puntada sin hilo, cubría una superficie total de treinta mil metros cuadrados y fue pisada con más o menos garbo por más de 200.000 mil personas que pudieron elegir entre diferentes conciertos y coreografías integrándose como figurantes en una gigantesca comparsa dispuesta a celebrar el primer centenario de la Gran Vía, a honrar a San Isidro Labrador y bailar el tango, el chotis y los números más vibrantes de los musicales que se representan en los teatros de la emblemática arteria. Ni los recortes presupuestarios, ni las represalias corporativas al juez Garzón, sirvieron para empañar el injustificado derroche de entusiasmo y de lo otro que se gastaron los madrileños y sus huéspedes en esta fiesta municipal y multitudinaria.

A pocos metros de la Gran Vía, en una de esas callejuelas tan entrañables como angostas, un mendigo que no se ha unido al jolgorio, contempla con interés un ovni (objeto viario no identificado) que se ha posado en la acera, entre el arbolito y el bolardo. A primera vista parece una maleta olvidada o abandonada por su propietario, pero tiene cierto aire inquietante, un toque de urna funeraria, modelo familiar, o de incomprensible monolito depositado por especímenes alienígenas al borde de la invasión. Desde la calzada, el mendigo no puede ver la estrecha ranura que proporciona pistas sobre su posible utilidad, ni el cenicero ornamental que corona el artefacto. Parece un buzón, pero es una papelera de nuevo diseño que no tardará en demostrar su utilidad cuando a su alrededor se depositen cartones, envases y otros desechos que no caben por la hendidura correspondiente. El mendigo no tardará en alejarse de su fallida presa para ir a rebuscar en los contornos de los contenedores de la esquina que desbordan sobre las aceras un variado surtido de desperdicios sobrantes.

Camino de la Gran Vía una familia china escolta a sus vástagos disfrazados de imposibles chulapas y chulapos para la fiesta castiza y multiétnica a medio camino entre Las Vistillas y Broadway. Bajo la alfombra azul el Ayuntamiento barrerá lo que no debe verse, lo que ofende a la vista.

En la resaca del lunes publica este diario la decisión de la Concejalía de Seguridad de elaborar un censo de la mendicidad en el centro, un mapa de riesgo, un primer paso para erradicar a los mendigos y a los sin techo. Las ONG alertan del peligro de que se confunda a mendigos y personas sin hogar. Otro motivo de alarma es que el trazado del mapa corra a cargo de la policía y no de los servicios sociales del Ayuntamiento.

La elaboración del censo parece un primer paso en la erradicación de la mendicidad, manu militari, por las bravas y sin contemplaciones. En sus informes la policía municipal describe el perfil de los mendicantes de la Plaza Mayor y sus aledaños: "menores de origen rumano y adultos que aprovechan la multitud de personas que transitan por la zona". Los adultos y los rumanos atacan o acosan a las personas, una categoría a la que ellos no pertenecerán por lo menos hasta que estén censados, clasificados y probablemente embalados para su exportación o confinamiento.

Los menores rumanos y los adultos despersonalizados emborronan el paisaje urbano del centro y alejan a los turistas. Los policías, declara un mendigo adulto y de Granada en estas páginas: "Se portan bien, aunque a veces te dan una patada para despertarte". El servicio de despertador de la Policía Municipal es contundente y ejemplarizante y solo se emplea con adultos de mal vivir y peor dormir. Despejar a punterazos las aceras de durmientes, no parece un método homologable, pero el hostigamiento disuasorio vuelve a imponer los rotundos e inhumanos métodos de la vieja "Ley de Vagos y Maleantes" o de "Peligrosidad Social".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de mayo de 2010