Zona nacional
Pasé gran parte de mi infancia entre las postrimerías de la dictadura y los albores de la democracia, en aquella época no tan pacífica que se denominó transición. Las paredes del solar frente a mi casa eran territorio apto para guerrillas de pintadas que reflejaban el diálogo de extremos que dividía a la sociedad. Una mañana nos sorprendíamos con el mensaje de Pinochet asesino. Al día siguiente, el muro venía marcado por un Zona Nacional.
Muchos niños de aquella época estudiábamos en colegios religiosos, cuyos pasillos recorrían curas de sotana y coscorrón que salivaban en los cuellos de los chicos en la oscuridad del confesionario. Estaba aquella educación basada en la disciplina del miedo, en patios de en fila y a cubrirse, en domingos de pipas y agonía. No podíamos imaginar que el interior de aquellos muros no era más que el reflejo de una sociedad infame, que el pavor que nos daban la mayoría de nuestros educadores era poco en comparación con el que sentían muchos ciudadanos que habían pasado los últimos 40 años mudos y ocultos, llevando una vida de paz de cementerio.
Tuvieron que pasar más de 30 años para que un juez considerara oportuno intentar demostrar lo que ya sabíamos: que la aparente paz de aquella sociedad se asentaba en la disciplina de las pistolas, en domingos de pan y fútbol. Un juez que quiso poner en evidencia que delante de las tapias de los cementerios la tierra también ocultaba muertos.
Ahora, aquel juez que quiso pasar el Pinochet asesino de la pared a la sentencia, va a ser juzgado por el dictamen de algunos jueces que pretenden emborronar los muros de la justicia con el viejo lema ultra: Zona Nacional.
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