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Crítica:LIBROS / Ensayo

Las ganas de vivir de James Salter

Memorias. Toda biografía (o autobiografía) miente, o al menos elige qué contar de una cierta verdad. La cuestión es saber por qué. Mirarse en el espejo, examinarse para definirse, aceptar o no la identidad con la que nuestros congéneres nos han cargado son acciones que responden siempre a un determinado propósito. La oruga que, en el País de las Maravillas, le pregunta a Alicia: "Tú ¿quién eres?", obliga a la heroína a inventar una Alicia capaz de jugar el rol que le ha sido asignado. La respuesta que cada uno de nosotros puede dar a esa esencial pregunta revela menos nuestra identidad que nuestras intenciones.

Una de ellas es conjurar el pasado, convertirlo en ascuas para iluminar el instante presente, "quemar los días", como lo llama James Salter. Con tal propósito, Salter, sabio autor de esmeradas ficciones, se ha propuesto contar la vida de un James Salter ciudadano de ese mundo lejano e inalterable. A Salter autor le interesan los hombres parcos, amorosos, combativos, inocentes al estilo americano, es decir, convencionalmente heroicos, con claras respuestas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Ha imaginado entonces a un Salter que corresponde a esa definición norteamericana de la vida, nacido en una familia modesta pero ambiciosa, con un padre de origen judío que si bien ama a su hijo y a su mujer, no se interesa por ellos. El aprendizaje afectivo de Salter pasa por la amistad masculina y por la iniciación al sexo opuesto. La primera se hace a fuerza de puñetazos y de libros, por una iniciación al box en campamentos de verano y a la literatura a través del entusiasmo de uno o dos amigos. La segunda, por medio de tímidos amagos y estudiadas estrategias que tienen poco de los románticos arrebatos de sus contemporáneos europeos o suramericanos y mucho del futuro entrenamiento en el ejército de los Estados Unidos.

Quemar los días

James Salter

Traducción de Isabel Ferrer Marrades

Salamandra. Barcelona, 2009

448 páginas. 18,90 euros

Es como soldado que Salter pasa la primera mitad de su vida. Para complacer a su padre, se inscribe a la academia militar de West Point y sirve durante la guerra de Corea como piloto, donde descubre que los valores que admira son individuales y no nacionales. A la Fuerza Aérea americana, dice, le cedió su corazón, y es a sus compañeros de batalla que Salter decidirá consagrar su imaginación y su inteligencia, convirtiéndolos en memorables personajes literarios. Para cumplir esa vocación, se hace escritor. "Yo os amé", dice, citando a Byron. "Era como si fuese hijo vuestro...". Y agrega, definiendo su propia ética: "Los poetas, los escritores, los sabios y las voces de su tiempo, forman un coro, el himno que comparten es el mismo: los grandes y los pequeños se unen, lo hermoso vive, lo demás muere, y todo es absurdo excepto el honor, el amor y lo poco que el corazón conoce".

Así comienza la segunda parte de su vida. No sólo cuentos y novelas, sino también guiones de cine le procuran fama y amistades célebres, como también amores intensos e internacionales. Se hace amigo de Robert Redford, de Nabokov, de Roman Polanski, de John Huston, de Irwin Shaw. A esas relaciones artísticas, Salter autor añade las eróticas de Salter protagonista, tanto en su Nueva York natal como en un decorado europeo. Roma y París son sus dos ciudades favoritas, vistas a través de ojos americanos. Esto es la Europa de Hemingway y Tennessee Williams, en la que todo es exótico, tentador, al borde de lo incomprensible, de manera que la ética americana puede permitirse excesos que serían inadmisibles en su propia tierra.

Todo está contado en frases cortas, precisas, con pocos adverbios y menos adjetivos, como si el informe de su vida requiriese un tono oficial, impersonal que la traducción de Isabel Ferrer Marrades respeta perfectamente. Esto permite a Salter irrumpir de vez en cuando con una imagen o una idea apasionadamente sentimental, que sorprende en esa prosa lisa, severa. A veces, Salter autor nos recuerda que, fijas para siempre en el pasado, las escenas que describe están aún allí, incólumes, inmemoriales. Es él, el narrador, quien cambia, envejece, se acerca a la muerte, mientras que el otro, el recordado, sigue teniendo seis, doce, veinte, treinta años. Entonces creemos adivinar el propósito de esta larga respuesta a la pregunta de la oruga: quemando los días, renace de las ascuas el recuerdo incandescente que alimenta la última frase del libro y resume al personaje: "Un gran deseo de seguir viviendo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de abril de 2010