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CINE / Entrevista

La revancha contra las dictaduras

Radu Mihaileanu, el mordaz cineasta rumano residente en París que se define como un optimista desesperado, estrena El concierto, en la que "personas sencillas, humilladas y aplastadas consiguen ponerse de nuevo en pie gracias a la música"

Era un día muy frío de noviembre de 1980, viento y nieve en Bucarest (Rumania), cuando una familia despedía en el aeropuerto a su hijo que viajaba a Tel Aviv (Israel). El chico, judío de 22 años, había conseguido de la dictadura rumana de Ceausescu un permiso de 15 días para visitar a su abuela. Su maleta, revisada concienzudamente por la policía de aduanas, iba repleta de ropa de verano, lo normal para el caluroso destino que le esperaba. Sin embargo, él llevaba encima jerséis y camisas de lana, unas encima de las otras, y le caían gotas de sudor. Sólo él y su familia sabían que su destino final no era Israel, sino Francia. Pero había que disimular. Y así la despedida en el aeropuerto se convirtió en una escena tragicómica. Todos debían de sonreír ante las autoridades aun sabiendo que quizás nunca más volverían a verse. La madre empezó a llorar y se tuvo que refugiar en el baño para que la policía no sospechara nada. Fue el inicio del exilio político de Radu Mihaileanu (Bucarest, 1958), un joven aspirante a cineasta al que la policía secreta de Ceausescu ya empezaba a acosar.

"Que me cierren la plaza Roja para rodar una comedia sobre víctimas de esta dictadura, ésa ha sido mi revancha"

"El humor es como un manantial que interrumpe dentro de la tragedia de la que estamos rodeados"

Pero no acabó ahí la cosa. A su llegada a la capital israelí, la policía sospechó de ese joven tan sudoroso con una caja en la mano de la que salía un continuo tictac, tictac. "Entre mis sudores y los ruidos de la caja la policía creyó que mi transpiración eran los nervios por llevar encima una bomba y me metieron en una camioneta blindada para que explotara yo ahí solo. Cuando se dieron cuenta de que la caja contenía un reloj, vinieron a liberarme de la camioneta, en la que yo ya había empezado a desnudarme por el calor insoportable. El policía me dijo: 'Estás loco' y yo le respondí: 'Sí, Rumania es un país de locos".

Casi 30 años después, Mihaileanu, instalado definitivamente en París, lo recuerda como a él le gusta abordarlo todo, sin perder el humor, con esa mezcla de llanto y de risa que, dice el realizador, es tan cercano a rumanos y judíos. Como su última película, El concierto, que se estrena en España el próximo viernes, y en la que de nuevo aparece la crítica más mordaz a las dictaduras del este de Europa y esa mezcla brillante de culturas, razas y lenguas. Todo de nuevo bajo la pátina de la tragedia y la comedia. "Para mí, que soy un desesperado muy optimista y que he conseguido escapar a la campeona de todas las dictaduras, como fue la de Ceausescu, he logrado entender gracias al filósofo Cioran y otros escritores ilustres que la vida es sólo una pequeña fractura en ese camino hacia la infinidad que es la muerte. El humor es como un manantial que interrumpe dentro de la tragedia de la que estamos rodeados. Además la vida no dura más que un segundo por lo que tenemos que aprovecharla y llenarla de humor. Para mí las mejores comedias en el teatro, la literatura o el cine son justamente aquellas que sacan la savia de la tragedia, como To be or not to be o El dictador. No me gustan las comedias fáciles, a las que les falta una raíz. En cambio, una comedia que se enraíza en la tragedia me parece un excelente material para trabajar", aseguraba Mihaileanu, director de El tren de la vida o Live and become, en París el pasado mes de enero en los encuentros organizados por Unifrance.

El concierto narra cómo los miembros de la antigua orquesta rusa del Bolshói, denigrados y apartados de su trabajo en la era Bréznev, deciden reunirse, treinta años después, y hacerse pasar por la auténtica formación presentándose en París para una gran velada en el Teatro Châtelet. Es el momento de la gran revancha. No sólo de esos músicos de sueños arrebatados, sino también de este cineasta obligado a buscar una segunda patria, que vivió en el rodaje de la película su más íntima y particular revancha. "Todas mis películas, de alguna forma, discretamente, se inspiran en mi vida. Todas mis películas son contra las dictaduras. Claro que hay revancha personal, no venganza porque la venganza genera siempre violencia. Mi revancha la viví en la plaza Roja de Moscú, el símbolo del comunismo, de la dictadura del Kremlin que se extendió a tantos países del Este. Que a mí me cierren la gran plaza Roja de Moscú para rodar una comedia sobre personas que fueron víctimas de esta dictadura, ésa ha sido mi revancha".

El bello y potente concierto para violín de Chaikovski es un elemento fundamental en El concierto, protagonizada por actores franceses y rusos, y rodada en ambos idiomas. Mihaileanu buscaba esa música eslava que entusiasmara al público, esa energía vital, "con esos crescendos fuertes con los que las personas sencillas, humilladas y aplastadas por la dictadura consiguen ponerse de nuevo en pie gracias a la música". Y por otro lado, el violín, que representa el pasado, la tristeza, la nostalgia. "Necesitaba ese contrapunto", explica el realizador, "toda la película está hecha en torno a los contrastes de lo perfecto y lo imperfecto".

Mihaileanu regresó a su país natal justo después de la revolución que acabó con la dictadura de Ceausescu. Comprobó la euforia y el entusiasmo, vio a la gente que hablaba sin parar, pura necesidad, después de tantos años de silencios. "Era como un sueño ver tanta energía". Ahora las cosas han cambiado. "Rumania es un país capitalista con cosas verdaderamente sublimes como la libertad, pero también con aspectos horribles, como esos grandes telares de publicidad que cubren todas las fachadas de los edificios. Y yo me pregunto: ¿qué ve la gente cuando abre sus ventanas? Nada. Han pasado por una dictadura que les impedía abrir las ventanas y ahora sufren otra prisión que les impide ver el exterior por la abrumadora publicidad capitalista".

Lector compulsivo y amante del libro como objeto de papel, cuyo sueño secreto fue convertirse en escritor y ya con dos lenguas propias -el francés y el rumano-, este hombre vestido de oscuro y con grandes rizos negros, confiesa que uno de sus libros de cabecera es Vida y destino, de Vasili Grossman, "la más sorprendente radiografía del siglo XX". También se confiesa fanático de Cioran, "el único filósofo que mezcla la tragedia y la comedia", y las reflexiones de Pascal.

El protagonista de El concierto, ese músico que se solidariza con sus compañeros contra Bréznev y que es despedido por ello, va en busca siempre de la armonía última, tanto musical como personal. ¿Cuál es la armonía de Radu Mihaileanu? "No sé cuál es la última armonía, pero creo que tampoco hay por qué saberlo. Es un infinito al que hay que tender, que hay que buscar y tratar de llegar a él. Nunca vamos a saber realmente dónde va a estar esa armonía, a lo mejor de vez en cuando tenemos la sensación de que estamos tocándola, pero inmediatamente después vamos a seguir buscándola, siempre con el miedo de no encontrarla". -

El concierto, de Radu Mihaileanu, se estrena el próximo viernes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de marzo de 2010