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Naranjos abandonados, factura climática

Expertos convocados por AVA alertan de la consecuencia de los campos perdidos

El futuro pinta negro para el cultivo de cítricos. "Asistimos a una crisis de rentabilidad sin precedentes y a una caída del prestigio social del agricultor", dijo ayer Celestino Recatalá, vicepresidente de la organización agraria AVA-Asaja. Ambos factores contribuyen al abandono a gran escala de las explotaciones. Y las consecuencias de ese proceso no son sólo económicas. AVA, a través de la Fundación Valenciana de la Agricultura y el Medio Ambiente (Fuvama), organizó una jornada para situar en primer plano las consecuencias climáticas y paisajísticas de la pérdida de los campos de naranjos y de otras variedades citrícolas.

Herminio Boira, catedrático de Botánica de la Universidad Politécnica de Valencia y subdirector del Instituto Agroforestal Mediterráneo, afirmó que la capacidad de un naranjo para fijar dióxido de carbono es siete veces superior a la de un olmo y casi cinco veces mayor que la de un chopo, dos de los árboles que con el tiempo podrían sustituir al naranjo de forma natural. La mejor alternativa, según Boira, sería mantener las explotaciones aprovechando los subproductos para incrementar la rentabilidad (hojas de azahar, madera y plantas comestibles que crecen alrededor, como la verdolaga) y sustituyendo los herbicidas tradicionales por naturales.

La explicación de Boira dejó, sin embargo, a más de uno preocupado. A medio plazo, aseguró, el naranjo no es viable sin una alta cantidad de agua: su área de origen (noreste de India, sureste de China y Vietnam) es muy húmedo, y su adaptación al territorio valenciano se logró porque el clima mediterráneo no es tan distinto del tropical de montaña, salvo por el déficit de agua, compensado por el riego.

Y ahí llega la segunda mala noticia, explicada por Millán Millán, director del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo: más que menos lluvia, la cuenca mediterránea la recibe cada vez peor. La desaparición de los humedales y, secundariamente, de superficie vegetal (en la que incluyó los cultivos), ha reducido las tormentas de verano, que no se cargan de suficiente vapor de agua, y ha aumentado la violencia de los temporales de levante (generalizados incorrectamente como gotas frías).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de febrero de 2010