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La (des)afección eterna

Mitificamos el pasado y despreciamos el presente. Decimos que los políticos de hoy no tienen la altura de los de la Transición. Pero aquéllos, incluido Jordi Solé Tura, también fueron muy denostados en su día

Con las emociones aún muy a flor de piel por la muerte reciente de mi padre, Jordi Solé Tura, intelectual, maestro, político y unos de los padres de la Constitución Española, me pongo a ordenar el caudal de recuerdos de nuestra vida en común. La fabulosa respuesta popular nos ha emocionado. Miles de ciudadanos pasaron por la capilla ardiente o nos hicieron llegar mensajes de apoyo desde toda España: amigos, obreros, intelectuales, políticos de todo signo, o personas que simplemente han sentido que mi padre les pertenecía también un poco, como creo que pertenece a la memoria reciente y digna de este país. Y una idea, una frase que en estos días he oído una y mil veces: "Ya no quedan políticos como él".

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Al mismo tiempo, hablo a menudo con amigos, gente informada con un pasado militante y vuelvo a oír la eterna queja acerca de los dirigentes actuales, a saber: políticos corruptos, chaqueteros, interesados, incapaces, etc. Más o menos los mismos argumentos que reflejan las recientes encuestas sobre el incremento de la desafección entre votantes y esa cosa difusa que denominamos clase política. ¿Y mi padre? "No, tu padre era distinto, ya no quedan políticos como los de la Transición", me repiten.

Porque siempre mitificamos el pasado y despreciamos el presente, un mal muy español. Al escuchar por enésima vez el argumentario del desencanto me invade una indescriptible sensación de deja vu, de que llevo oyéndolo desde tiempos inmemoriales y desde que aprendí a llevar tan dignamente como pude la compleja carga de ser hijo de político.

Como ya he explicado recientemente en una película, nací en el exilio y crecí en España escondiendo mis orígenes, yendo a visitar a mi padre a la cárcel a escondidas y sin poder explicar las muchas penurias sufridas por su militancia política. La llegada de la democracia nos permitió, por fin, afirmar sin complejos lo que éramos y en qué creíamos: la gente hablaba de política abiertamente tras tantos años de represión y secreto. Pero la alegría duró poco: a principios de los 80 empezó la Movida y el desencanto, una vez más, hacia lo político. En plena adolescencia me volví a sentir defendiendo lo imposible: la honradez, el compromiso y la entrega de gente como mi padre y de tantos miles que, como él, renunciaron por sus ideas a una vida segura y cómoda.

Aún recuerdo cómo en una entrevista en un canal público de televisión, la presentadora se fijó en un reloj de color dorado que mi padre lucía en la muñeca. A los pocos días la rumorología se había extendido: el reloj era de oro y era el pago del PSOE a mi padre por abandonar el PCE. Nunca nadie se molestó en desmontar el bulo. Evidentemente, el reloj en cuestión era de plástico, regalo navideño de un rotativo catalán a sus colaboradores habituales. Y como ésta, mil otras anécdotas, ante las que en casa no hemos tenido más remedio que tener una actitud de prevención constante.

Así que, ya ven, el buen político de antes tuvo que soportar durante su vida activa el mismo clima de sospecha permanente y prácticamente las mismas acusaciones que los de ahora, y recibió muchas puñaladas por parte de algunos de los que ahora alaban su figura y su talla. Recuerdo cómo en todos los momentos de crisis económica o política volvía a aflorar el mismo debate, las mismas encuestas sobre el incremento de la desafección hacia los políticos, con argumentos parecidos a los de ahora.

La cuestión de fondo es, a mi entender, de otra naturaleza y tiene mucho que ver con la fragilidad de nuestro contrato social, del pacto entre el votante y el votado. En este país no se habla de política, y cuando se hace se coge el todo por la parte y se cae rápidamente en la descalificación global: se rehúye la complejidad en el análisis de ese juego de intereses contrapuestos que necesariamente se debe dar en un sistema democrático. Si una virtud tiene la democracia española, debida a su juventud, es que es un reflejo bastante fiel de la composición social del país. Por alusiones, me suelo fijar en los que más vociferan contra los políticos: lo suele hacer el empresario de caja B, el abogado trapichero, el médico y el fontanero que cobra sin factura o el funcionario indolente. Ya se sabe, en este país abundan los pícaros y la clase política no es una excepción.

La tendencia a sentir la política como una cosa ajena se debe, en mi opinión, a una confluencia de factores y tiene mucho que ver con la debilidad histórica del Estado. La tradición antipolítica en España viene de bastante antes del franquismo. La izquierda tuvo a sus anarquistas mientras que los sectores inmovilistas de la derecha han cultivado esa ignorancia hacia lo político, a sabiendas de que a menos debate más voto clientelar y cautivo. Y lo siguen haciendo. Sólo así cabe entender, por ejemplo, la oposición sistemática a la introducción en las escuelas de una asignatura tan elemental como Educación para la Ciudadanía, que tienen todos los países avanzados.

Y es que en ese concepto, el de ciudadanía responsable, reside la otra clave del asunto: el votante tiene que estar informado, conocer la letra pequeña del pacto social, saber quiénes mueven los hilos de los grupos de presión, para así poder exigir a sus políticos que cumplan su parte del acuerdo. Esto es la democracia real, con todas sus constantes e innumerables contradicciones pero que es, al fin y al cabo, el peor sistema posible si exceptuamos todos los demás conocidos, como bien dijo Churchill.

Obviamente que al político se le pide, con razón, un plus de honestidad que debería exigir y autoexigirse todo ciudadano, pero yo, que me he criado entre políticos, afirmo que el sistema se sustenta sobre una base de gente comprometida y entregada, que antepone el interés común al particular, que trabaja mucho y que cree en la "cosa" pública. Los hay, y son gran mayoría, en todos los niveles de la administración o de la vida pública, pero abundan mucho más en la izquierda por razones históricas.

La otra gran cuestión atañe a la calidad de nuestros dirigentes, y si los de ahora son peores que los de antes. Es cierto que los partidos tienen una tendencia al crecimiento endogámico que los aleja del votante, es cierto que abunda el gestor más que el ideólogo. Ahora, que el sistema está consolidado, la gente añora los tiempos de las grandes luchas. Y para los que mitifican el pasado, quiero recordar que en la Transición se pasó mal, muy mal, que cada día nos jugábamos el ser o no ser y que gente como mi padre empezó a somatizar los males del país como si fueran propios. Siguen habiendo grandes luchas que hay que abordar desde dentro del sistema, nunca desde fuera: esa baza favorece al poderoso.

La política se mueve forzosamente en una gama de grises: nunca puede ser cuestión de blancos o negros. La descalificación frontal del sistema acaba fortaleciendo soluciones mesiánicas, Berlusconis de todo pelaje que pescan en río revuelto y destruyen el sistema desde dentro. Y no dudo que también en España existe una pulsión populista y si no, al tiempo. Si esto sucede, cómo echaremos de menos a los dirigentes sensatos y comprometidos que, a buen seguro, tenemos hoy en día. Quien tenga una idea mejor será bienvenido. De momento nos toca lidiar con la complejidad de las cosas, no caer en el tópico, seguir mejorando poco a poco y día a día lo que tenemos, que nos ha costado sangre sudor y lágrimas conseguir, un empeño en el que se han empleado miles de vidas como la de mi padre, el buen político.

Albert Solé es periodista y cineasta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 22 de enero de 2010.

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