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Crítica:PIANO

Un 'Claro de luna' hacia la exquisitez

El piano de nuestros días tiene en Pierre-Laurent Aimard una referencia. Toque lo que toque siempre interesa. Lo tiene todo: precisión, visión histórica, capacidad analítica y conceptual, inteligencia, dialéctica de la situación. Su nivel de seguridad y de regularidad es impecable, pero por encima de ello está su visión global de la música desde el tiempo en que vivimos. Tanto si hace Bach como si se zambulle en Messiaen o a George Benjamín sus versiones pianísticas son lecturas de hoy, con todo lo que ello conlleva. De ahí que sus recitales comiencen antes de que salga a escena. Hay que observar con mucho cuidado la elaboración del programa. Nada es casual. El pianista busca en la combinación de las diferentes piezas elegidas relaciones dialécticas que den pistas no solamente sobre los valores más escondidos de la música para piano sino también sobre el contexto social del que han nacido. Por ello, la presencia de Pierre Laurent Aimard es siempre un acontecimiento, y es una gran noticia que vuelva el 26 de octubre de 2010 en el próximo ciclo de grandes intérpretes con obras de Ravel, entre otros.

Pierre-Laurent Aimard

Obras de Mozart, Benjamín, Debussy y Beethoven. Ciclo de grandes intérpretes. Organizado por Fundación Scherzo y patrocinado por EL PAÍS. Auditorio Nacional, 2 de diciembre

Aimard hizo explícita su filosofía de programación proponiendo para empezar la probablemente más sorprendente de las sonatas de Mozart para piano, la número 6, con un movimiento final en forma de andante y 12 variaciones. En el cierre de su recital nos invitó a compartir con él un Beethoven, justamente el de las quince variaciones y fuga final sobre un tema del ballet Las criaturas de Prometeo. El círculo estaba cerrado, y lejos de perderse Aimard en el virtuosismo asociado a estas obras sacó a la luz constantemente su musicalidad más profunda.

Su compromiso con lo más actual se reflejó en Piano figures, 10 piezas de George Benjamín que él mismo estrenó en 2006. El no va más vino en cualquier caso con Debussy. La juvenil SuiteBergamasque, inspirada en cierto modo en las Fêtes galantes, de Verlaine, y perfumada, es un decir, con el espíritu pictórico de Watteau, gozó de una interpretación hechizante, refinadísima, elegante y hasta de ensueño. En particular, en el Claro de luna Aimard nos llevó en volandas por los confines de la exquisitez extrema. En cada nota, en cada silencio. No recuerdo un Debussy tan excelso, tan mágico, desde los tiempos de Benedetti Michelangeli.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de diciembre de 2009