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COLUMNA

El imperativo de los puestos de trabajo

Para el que busque trabajo ahora mismo, las perspectivas son terribles. Hay seis veces más estadounidenses buscando empleo que nuevos puestos, y la duración media del desempleo -el tiempo que el desempleado tarda en encontrar un trabajo- es superior a seis meses, la más larga desde la década de 1930.

Por tanto, podría pensarse que el hacer algo respecto a la situación del empleo tiene la máxima prioridad política. Pero ahora que se ha evitado el hundimiento total del sistema financiero, parece que toda la urgencia ha desaparecido del debate político y ha sido sustituida por una extraña pasividad. La sensación general en Washington es que no puede ni debe hacerse nada más, que simplemente debemos esperar que la recuperación económica vaya llegando poco a poco a los trabajadores. Además de inaceptable, es un error.

Va siendo hora de establecer un programa de empleo de emergencia

Sí, la recesión en un sentido técnico probablemente está superada, pero eso no significa que el pleno empleo esté a la vuelta de la esquina. Históricamente, las crisis financieras han estado por lo general seguidas no sólo por graves recesiones, sino también por recuperaciones anémicas; habitualmente pasan años antes de que el desempleo descienda a niveles que puedan considerarse normales. Y según todos los indicios, las consecuencias de la última crisis financiera siguen el patrón habitual. La Reserva Federal, por ejemplo, prevé que el desempleo, que en la actualidad se sitúa en el 10%, se mantendrá por encima del 8% -un porcentaje que habríamos considerado desastroso no hace mucho- hasta bien entrado 2012.

Y los perjuicios causados por el elevado desempleo sostenido durarán mucho más. El desempleado de larga duración puede perder práctica, e incluso cuando la economía se recupera tiende a tener dificultades para encontrar empleo, porque los que pueden darle trabajo lo consideran un alto riesgo. Por otra parte, los estudiantes que se licencian en una época de mercado laboral difícil empiezan su trayectoria profesional con una enorme desventaja, y la pagan cobrando salarios inferiores durante toda su vida laboral. No actuar contra el desempleo no sólo es cruel, sino corto de miras. En consecuencia, va siendo hora de establecer un programa de empleo de emergencia.

¿En qué se diferencia un programa de empleo de un segundo estímulo? Es cuestión de prioridades. La ley de estímulo presentada por Obama en 2009 se centraba en restablecer el crecimiento económico. De hecho, se basaba en la creencia de que, aumentando el PIB, vendrán los puestos de trabajo. Esa estrategia podría haber funcionado si el estímulo hubiera sido suficientemente grande, pero no lo era. Y por una cuestión de realismo político, es difícil ver cómo podría el Gobierno aprobar un segundo estímulo suficientemente grande como para compensar la escasez original.

Por eso, lo mejor que podemos esperar ahora es un programa algo más barato, que genere más puestos de trabajo por el mismo dinero. Dicho programa debería evitar medidas que, como los recortes de impuestos generales, sólo conducen en el mejor de los casos a una creación indirecta de puestos de trabajo, con muchas posibles disparidades por el camino. Por el contrario, debería consistir en medidas que de manera más o menos directa salven o creen puestos de trabajo.

Una medida de ese tipo sería el aprobar nuevas ayudas a las asediadas Administraciones estatales y locales, que han visto desplomarse sus ingresos fiscales y que, a diferencia del Gobierno federal, no pueden endeudarse para cubrir una carencia temporal. El aumento de la ayuda serviría para evitar un empeoramiento drástico de los servicios públicos (en especial la educación) y la eliminación de cientos de miles de puestos de trabajo.

Al mismo tiempo, el Gobierno federal podría proporcionar empleo... proporcionando empleo. Es hora de crear una versión, aunque sea a pequeña escala, de la Administración para la Mejora del Trabajo (WPA, en sus siglas en inglés) creada durante el New Deal; una versión que ofreciera un empleo relativamente mal pagado (pero mucho mejor que nada) en los servicios públicos. Se acusaría al Gobierno de crear puestos de trabajo de escaso valor, pero la WPA dejó una estela de muchos logros sólidos. Y el argumento clave es que el empleo público directo puede crear muchos puestos de trabajo con un coste relativamente bajo. El Instituto de Política Económica, una fundación progresista, sostiene que gastando 40.000 millones de dólares anuales en empleo de servicio público durante tres años se crearían un millón de puestos de trabajo, lo cual no suena mal.

Por último, podemos ofrecer incentivos directos a las empresas para que creen empleo. Probablemente sea demasiado tarde para crear un programa de conservación de puestos de trabajo, como la subvención ofrecida en Alemania a las empresas que mantengan su plantilla, que tanto éxito ha tenido. Pero se podría animar a los empresarios a contratar trabajadores a medida que la economía vaya creciendo. El Instituto de Economía Fiscal propone una deducción fiscal para los empresarios que amplíen la plantilla, algo que ciertamente merece la pena intentar. Todo esto costaría dinero, probablemente varios cientos de miles de millones de dólares, y aumentaría el déficit presupuestario a corto plazo. Pero debe compararse con el elevado coste de la inacción ante una emergencia social y económica.

El presidente Barack Obama ha mantenido esta semana una "cumbre sobre el empleo". La mayoría de las personas con las que hablo se muestran escépticas y piensan que el Gobierno va a seguir ofreciendo nada más que gestos simbólicos. Pero no tiene por qué ser así. Sí, podemos crear más puestos de trabajo, y sí, deberíamos crearlos.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel en 2008. Traducción de News Clips. © 2009 New York Times Service

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de diciembre de 2009