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Reportaje:laboratorio de ideas | breakingviews.com

Peligroso tijeretazo

Limitar los salarios de los ejecutivos en EE UU puede ser contraproducente

Ken Feinberg tiene, sin duda, las mejores intenciones con su plan de limitar las remuneraciones en las empresas estadounidenses que han recibido la ayuda estatal establecida en el Programa de Ayuda para Activos con Problemas (conocido en EE UU como Tarp). El zar de las remuneraciones del presidente Barack Obama pronto anunciará oficialmente que los salarios de los 25 máximos ejecutivos de siete empresas situadas bajo su radio de acción caerán en picado y que su compensación total será un 50% inferior a la del año pasado. Pero las consecuencias no previstas pueden provocar un caos.

La primera es que las restricciones pueden provocar dimisiones masivas. Eso no quiere decir que a quienes trabajan para las empresas que dependen del Tarp deba pagárseles las enormes gratificaciones con las que al parecer Goldman Sachs, una empresa enormemente rentable -y no dependiente del Tarp-, se propone inundar a su personal. Pero los límites parecen especialmente onerosos para quienes no causaron directamente los problemas y que son necesarios para limpiar el desorden, como buena parte del personal que actualmente trabaja en la sección de productos financieros de AIG. Para moverse por un libro de contratación de 1.600 millones de dólares hace falta experiencia. Pero es mucho más probable que los agentes-hombres de la limpieza de productos financieros de AIG abandonen la fregona y se vayan a otra parte si su compensación anual se limita a 200.000 dólares, como planea Feinberg.

Habría que sustituirlos, como a cualquier ejecutivo saliente. Lo probable es que haya pocos profesionales con talento, si es que hay alguno, que dejen trabajos bien pagados para unirse a las siete enfermizas (Bank of America, AIG, Citigroup, General Motors, GMAC, Chrysler y Chrysler Financial) con los niveles salariales de Feinberg. Y de ese modo, el Estado probablemente tendría que apoquinar los precios del mercado para atraer talentos. Lo acaba de hacer recientemente, dos veces: Robert Benmosche se convertía en jefe de AIG con una remuneración anual de siete millones de dólares, y Ross Kari puede obtener hasta 5,5 millones como jefe de finanzas de Freddie Mac, que aunque no se beneficia del Tarp sobrevive bajo custodia gubernamental gracias a 50.000 millones de ayuda pública. En lugar de reducir las retribuciones, el plan de Feinberg puede hacer de hecho que aumente la factura salarial.

¿Y qué ocurriría si las restricciones impulsasen a los ejecutivos a buscar modos de reembolsar el dinero del Tarp con más rapidez de la planeada? La idea de conseguir que el dinero de los contribuyentes se devuelva con rapidez puede sonar atractiva, pero no si causa más problemas de los que resuelve. La perspectiva de restaurar los niveles de retribución anteriores a Feinberg puede incitar a los ejecutivos a tomar atajos, manipular las cifras o incluso animar a los empleados a nadar entre dos aguas para mejorar sus ingresos. A este respecto, el deseo de liberarse de las restricciones salariales de Feinberg puede irónicamente llevar a asumir los riesgos que en un primer momento llevaron por mal camino a estas empresas.

Esperemos que Feinberg haya planteado las preguntas correctas acerca de las consecuencias de su plan. De lo contrario, el remedio puede ser tan malo como la enfermedad.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de octubre de 2009