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El primer ministro griego reclama una solución al conflicto chipriota

Cuando el pasado día 6 Yorgos Papandreu juró como nuevo primer ministro de Grecia, aún tenía pendiente otra promesa, la que le convertiría en titular de Asuntos Exteriores en el Gobierno que dirige. Papandreu, que ya fue canciller entre 1996 y 2004, vuelve pues a asumir las riendas de la política exterior griega en un momento clave para el país: con Turquía empujando hacia Europa -en diciembre se valorará de nuevo el proceso de integración- y con una UE cada vez más amplia a su alrededor. En ese contexto, Grecia tiene pendientes complicados contenciosos: la tormentosa relación con Macedonia, por ejemplo; el no reconocimiento de Kosovo o su tradicional padrinazgo en la cuestión chipriota.

Y Papandreu ha empezado por Chipre. Este fin de semana, el líder del Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK), que ganó las elecciones del pasado día 4 por mayoría absoluta, reclamó en Estambul una solución al conflicto chipriota. Durante la reunión informal de ministros de Exteriores del Proceso de Cooperación del Sureste de Europa, una suerte de consejo balcánico que reúne a todos los países de la zona, incluidos Grecia y Turquía, Papandreu dijo: "Debemos hallar una solución para Chipre; una solución justa, una solución europea, para un Chipre unificado. Debemos liberar a Chipre de dependencias, de tropas de ocupación, de divisiones y muros".

El consejo informal de Estambul, donde Papandreu se reunió con el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, reveló también otros detalles. A la cita faltó uno de los socios del club: Macedonia o, por imperativo nominal griego, la Ex República Yugoslava de Macedonia (FYROM, en sus siglas en inglés). La querella unilateral que Grecia mantiene con las autoridades de Skopje y ante la ONU sobre la denominación oficial del país sigue bloqueada y es de esperar que Papandreu tome cartas en el asunto.

Pero Macedonia no es la única china en el zapato. El Gobierno de Atenas no reconoce la independencia de Kosovo, declarada unilateralmente por las autoridades de Pristina a comienzos de 2008. Y no parece que vayan a cambiar mucho las cosas: Grecia es un país profundamente filoserbio, y la amputación que para la soberanía territorial de Serbia supone la independencia de Kosovo no es de recibo para Atenas.

Más allá de su indudable realidad mediterránea, Grecia es también un país con dimensión balcánica, y las naciones de su entorno, una oportunidad más de mercado para su debilitada economía. La vocación de líder regional de Grecia pasa por allí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de octubre de 2009