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Editorial:

Afganistán, gota a gota

Karzai se perfila como ganador al tiempo que aumenta la desconfianza internacional hacia él

A medida que el recuento de votos parece ir consolidando las posibilidades de Hamid Karzai, sus relaciones con Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional siguen deteriorándose. Las iniciativas que adoptó como candidato para garantizarse el voto de diversas comunidades, en particular el pacto con Abdul Rashid Dostum, un señor de la guerra sobre el que pesa la sospecha de haber asesinado a prisioneros talibanes, y la ley que establecía sanciones para las mujeres que rechazasen mantener relaciones con sus maridos, pusieron de manifiesto la determinación de Karzai por mantenerse en el poder a cualquier precio. Los temores se vieron, además, confirmados por sus extemporáneas declaraciones reclamando la victoria cuando aún no existen resultados oficiales. El aún presidente en funciones trata de evitar la necesidad de una segunda vuelta, y da pábulo con ello a las sospechas de fraude.

Desde la jornada electoral del 20 de agosto, la violencia se ha cobrado más de medio centenar de vidas en el país. También se ha tenido noticia de algunos votantes en quienes los talibanes cumplieron sus amenazas de venganza. Atentados como los de Kandahar, en el que perecieron 40 personas, y el recrudecimiento de los combates en la frontera con Pakistán, ponen de manifiesto que, junto a la lucha electoral entre los candidatos presidenciales, existe otra que enfrenta a todos ellos con los talibanes y los diversos grupos terroristas, y que resultará decisiva para el futuro de Afganistán. De ahí que las cifras de abstención, más elevadas de lo que en principio creyeron los observadores, hasta alcanzar alrededor del 60% del censo, deban ser consideradas un serio contratiempo para la estabilización del país.

Tras unas elecciones cuyos resultados se van conociendo gota a gota, continúan los problemas de fondo. Es cierto que en Afganistán no sólo se dirimen asuntos internos, y eso explica la presencia de tropas extranjeras. Pero esa presencia por sí sola no basta para reconducir la situación. No se puede contabilizar el total de efectivos como si formaran parte de una única misión, puesto que Libertad Duradera y la ISAF son tareas distintas con objetivos diferentes. Más que retomar la discusión sobre el aumento de tropas, tal vez fuera preciso responder antes a la pregunta de cómo y en qué se quieren emplear.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de agosto de 2009